El ex secretario de Defensa norteamericano, Robert McNamara, en su libro retrospectivo sobre la guerra del Vietnam, que publicó en 1995, identificó 11 causas del desastre. Las cuatro primeras fueron las siguientes:
1.- Calculamos mal las intenciones geopolíticas de nuestros adversarios y exageramos los peligros de sus acciones contra Estados Unidos.
2.- Nosotros juzgamos a las personas y líderes de Vietnam del Sur en términos de nuestra propia experiencia. Percibimos en ellos una fuerte determinación de libertad y democracia. Calculamos muy mal la relación de fuerzas dentro del País.
3.- Desestimamos el poder del nacionalismo para motivar al pueblo, para luchar y morir por sus creencias y valores.
4.- Nuestro cálculo erróneo al clasificar la realidad en términos de amigo-enemigo reflejó nuestra profunda ignorancia de la historia, cultura y políticas de los pueblos del área y de las personalidades y hábitos de sus líderes.
La reacción norteamericana, y de sus aliados más serviles, al 11-S no sólo ha minado la idea de "la superioridad moral y ética de EE.UU." deslegitimando, cara a futuro, la unilateralidad de sus intervenciones, sino que, como advertíamos, ha extendido la inseguridad en el mundo.
La percepción de humillación, nutrida diariamente por la muerte de civiles árabes, constituye un motor revolucionado de resentimiento y odio, proyectado contra Occidente, tan potente como destructivo. Las reacciones desmesuradas a la intervención papal es un ejemplo de las profundas suspicacias generadas. Con la guerra hemos contribuido indirectamente a la fanatización de aquéllos que no tienen nada que perder.
Con respecto al punto 2, expresado por McNamara, parte de los problemas de la humanidad residen en nuestra incapacidad de ver a los demás, más que desde nuestras propias vivencias, categorizando en buenos y malos en función de una escala de valores que no es igual para todos.
La lección que debemos extraer es que aunque el mundo se ha empequeñecido y tengamos acceso inmediato a lo que sucede al otro lado del planeta, desde la información hasta las últimas técnicas de innovación y, además, todos vistamos la misma marca de "jeans", las mentalidades enraizadas que han modelado nuestras vidas son totalmente diferentes.
Nos hemos educado de manera desigual, los pensamientos están estructurados de manera distinta en libros y lenguas diversas. Nuestros hábitos han sido influenciados por diferentes escuelas, costumbres sociales y diferentes héroes nacionales. Hemos rezado en iglesias, mezquitas y templos incomparables. Las memorias históricas son dispares y las concepciones de justicia, legitimidad y de igualdad ante la ley son distintas.
La guerra transforma estas diferencias en enfrentamiento y arrastra a visiones diametralmente opuestas del mismo fenómeno. Para unos, Hezbolá es una banda de terroristas desalmados y para otros son luchadores por al libertad y benefactores de su pueblo. No hay solución posible con diagnósticos tan dispares. Es fundamental, además de crear un clima de confianza entre diferentes, compartir valores para superar los enfrentamientos mediante el reconocimiento universal de los derechos humanos. En esta línea, es adecuada la iniciativa estadounidense de promocionar la democracia en Oriente Medio como garantía de seguridad global.
Son sociedades tribales, feudales, de nula cultura cívica pero con la persuasión y paciencia debidas los modos democráticos pueden ir penetrando en sus capas sociales, si asumen como propia, sin injerencias exteriores, la materialización de los procesos democráticos. La Turquía musulmana, aunque oficialmente laica, por un lado, y Países asiáticos, sin rasgos occidentales, por otro, han permeabilizado, aunque de manera muy imperfecta, las libertades. Lo que es inviable es que un ejército invasor, tras el caos causado, pretenda abanderar e imponer la democracia.
El nuevo orden internacional tiene que construirse renunciando a la ley del más fuerte y reforzando la legitimidad de unas Naciones Unidas actualizadas, como fuente de derecho internacional. La alianza universal en torno a los derechos humanos hay que completarla con la alianza intercontinental. Hay que incorporar más activamente a la autoritaria China y la democrática India, aunque por ahora priorizan el crecimiento y desarrollo económico y sean indulgentes con la vulneración de los DD.HH. en el mundo, para abordar prioritariamente las pandemias africanas y los conflictos de Oriente Medio.
En esta alianza intercontinental el eje Europa-EE.UU. es esencial, nunca desde la subordinación, sino desde la colaboración, compartiendo análisis y terapias. En este sentido es clave el impulso a la unidad europea. África y Oriente Próximo son nuestros vecinos. Son focos potenciales de desestabilización que afectan nuestra seguridad colectiva y bienestar, por los recursos energéticos en la zona.
Debe ser la hora de Europa, de una Europa unida, protagonista en el mundo, que supere el nacionalismo rampante de sus Estados que agarrota su potencialidad, que mire más allá de sus fronteras porque los peligros para su seguridad, ya no están como en el pasado en las guerras fratricidas entre alemanes y franceses, sino provienen de un ancho y complejo mundo que compartimos.