«La dispersión y la Ley de Partidos no sirven para gestionar la paz»
Para Wittgenstein, uno de los filósofos preferidos del bilbaino Daniel Innerarity, la filosofía tradicional, entendida como una doctrina acerca de lo real, consta de numerosos sinsentidos. Para el filósofo vasco la política actual también. Innerarity impartió ayer en el marco de los cursos de verano de la UPV una conferencia bajo el nombre «La nueva Ciudadanía», en la que disertó sobre las inquietudes que la estructura de la nueva ciudad le plantean.
-En la apertura de los cursos de verano de la UPV, usted habló de que las partes deben actuar con magnanimidad ante el proceso. ¿Cree que esta magnanimidad debe incluir un acercamiento de presos de ETA a las cárceles del País Vasco, así como la legalización de Batasuna?
-Estamos en una situación extraña porque están en marcha unos instrumentos que claramente no sirven para gestionar la paz y son negativos, como la dispersión y la Ley de Partidos. Se pusieron en marcha en un momento determinado y hoy constituyen graves errores, pero en política ocurre una cosa muy curiosa que es que las cosas que ponemos en marcha tienen una inercia y por tanto resultan muy difíciles de parar.
-¿Estamos viviendo un verdadero proceso de paz o por el contrario estamos presenciando un proceso de cesión por parte del Gobierno, como acusa el PP?
-La resistencia de la izquierda abertzale a la legalización y en general los pasos hacia atrás que se han dado en los últimos días en el proceso no se darían si el Gobierno hubiera pagado un precio político. Pienso que la sensación que tiene que haber en el mundo de la izquierda abertzale es de una gran frustración, ya que durante más de 35 años se ha hablado de territorialidad, amnistía y autodeterminación. Pero no hay que olvidar que aquí quien no ha respetado la voluntad de los vascos es ETA, y que la gran pregunta que nos deberíamos hacer es ¿por qué la organización no desapareció en su momento, es decir después de la transición?
-¿Cómo afronta la sociedad vasca el proceso de paz? ¿Qué lugar ocupa en él?
-Pienso que todos sabemos lo que la sociedad vasca quiere y que existen cauces constitucionales para ofrecérselo. Creo que respetar la decisión de los vascos es la piedra angular para lograr la solución de este proceso. Esta voluntad heterogénea se ha ido expresando de manera espacial a lo largo del tiempo.
-¿Debe haber una consulta popular?
-Siempre que haya una reforma de un marco político tiene que haber referéndum. Pero es fundamental distinguir dos planos que se mezclan en la política vasca. Creo que no se puede lograr un marco de convivencia basado en las mayorías coyunturales que se puedan lograr, y menos si tenemos en cuenta la variedad política de este país.
-Según usted, un verdadero diálogo se logra cuando las partes que lo componen están dispuestas a convencer y a dejarse convencer. ¿En la situación en la que estamos podríamos aplicar esa definición de diálogo?
-Todos tenemos mucho que aprender en la manera de dialogar y de hacer política, pero fundamentalmente hay una gente que tiene que dar unos pasos mucho más radicales que otra. No se puede poner en el mismo saco a todos, no es lo mismo la resistencia de un partido a dialogar o el dogmatismo que pueda demostrar una formación, al caso dramático que ha sufrido este país durante muchos años, con una organización que ha estado matando y un entorno político que hasta hace muy poco no ha sido capaz de distanciarse. Son dos cosas completamente distintas.
- ¿Cree que el proceso de paz está en crisis?
- Yo soy optimista porque todas las alternativas me parecen inverosímiles o casi inverosímiles, pero lo que ocurre es que fundamentalmente la izquierda aber- tzale no está tan madura como pensábamos. Se ha encontrado con que tiene que hacer un trabajo de pedagogía de sus bases que sólo ellos lo pueden hacer.
- Un día después del alto el fuego, dijo que igual de ilegítimo sería pretender conseguir unos objetivos políticos a través del cese de la violencia, como pretender conseguirlos a través del terrorismo. Después de más de cinco meses de tregua, ¿cree que existe esa coacción?
- Esa sombra pesará siempre, que es la sombra de volver a la situación anterior si no se consigue lo que se espera, pero la sociedad, las instituciones y el Gobierno saben que no pueden aceptar las amenazas. En este aspecto, creo que la sociedad está interviniendo de un forma muy clara y que no está dispuesta a que se vaya marcha atrás.
Apego a la realidad
-En su último libro, «El nuevo espacio público», usted habla de que la política debe sufrir una transformación para poder ocupar un espacio público. ¿En qué debe consistir esa transformación?
-Tiene que haber cambios a nivel teórico y a nivel práctico. Los conceptos que tenemos para comprender la sociedad actual no están a la altura de la complejidad de esa sociedad, esto hace que muchas veces apliquemos conceptos a realidades que ya se han escapado. Y esto hace que no comprendamos bien de qué va la cosa. Por esto un político se puede equivocar, pero lo que no puede hacer es dejar de saber qué está pasando, conocer la realidad. Tenemos que transformar los conceptos para así poder entender la realidad. Por otro lado, a nivel práctico están las políticas que debemos articular para conocer esa realidad y que también tienen que ser revisadas.
-Usted se muestra partidario de reivindicar el concepto de izquierdas y derechas. ¿En el País Vasco esta distinción queda modificada por la presencia del nacionalismo?
-Una cosa es la gesticulación que uno haga y otra cosa es la sustancia. Hay que fijarse en la sustancia de un partido para poder juzgar el lugar donde se encuentra su política. Evidentemente, en este país el eje derecha-izquierda está cruzado por el eje nacionalista y eso da lugar a combinaciones insólitas. Pero hay que desmontar muchos antiguos tópicos. La contraposición es buena porque así existen opciones donde elegir, pero esos ejes no tienen por qué situarse en el sentido que nosotros les damos. Se tiende a encasillar las cosas, aunque son etiquetas que nos ayudan a funcionar.
«Con eslóganes no se construye un país»
-¿Los políticos se valen de las imágenes para simplificar la realidad?
-El problema de la política es que se realiza a través de los medios de comunicación, eso tiene grandes inconvenientes. Se tiende a simplificar contenidos que requerirían matices en una imagen o en un gesto. Buena parte de lo que nos está pasando en Euskadi es que estamos inmersos en un bombardeo de mensajes simples a los que se responde con más mensajes simples. No hay tiempo para el diálogo que requiere capacidad de matización. Esto no sería preocupante, mientras en paralelo hubiera un trabajo de diálogo político donde las cosas se pudieran desmenuzar. Lo que está claro es que con eslóganes se pueden ganar unas elecciones, pero no se construye un país.
-Parafraseando al filósofo alemán Wittgenstein usted incita a «decir lo que no se puede decir». ¿Este consejo es aplicable a la clase política?
-En este contexto, yo interpreto esta frase como «decir algo nuevo». En la política vasca se echa en falta que alguien abandone su repertorio particular, que no deja de ser un elemento para mantener unida a la propia hinchada, y que formule algo no advertido en la selva de lugares comunes por donde se mueven. Sería revolucionario en cualquier Parlamento que de repente alguien dijera a otra persona diferente a su partido «usted me ha convencido voy a modificar mi propuesta».