Es algo que me temía. Desde principios de agosto he venido observando la presencia constante, casi cada mañana, de un buque de la armada francesa a pocos metros de una playa de la costa vasca. Siempre he pensado que sus tripulantes, por la pinta que tenían, estarían pescando chipirones o cangrejos, pero me parecía una explicación poco convincente. Pudiera ser que estuvieran buscando petróleo, pero tampoco me parecía demasiado clara la cosa. Hasta que me lo ha aclarado ETA: «Euskal Herria está siendo atacada». Eso ya es otra cosa. Ahora me explico por qué está la armada francesa, con todos sus marinos cargados de prismáticos en cubierta, vigilando la bahía del Bidasoa. Están preparando el ataque, o suministrando información, vaya usted a saber, a sus comandos infiltrados, que deben de llevar ya semanas atacando a Euskal Herria. Y nosotros sin enterarnos.
El comunicado de ETA ha sido un jarro de agua fría, y no sé si se puede solventar el tema diciendo que no se trata más que de otra escaramuza, en un proceso cuya complejidad y dificultades no se le escapan a nadie. Porque cuando se quiere acabar con una situación perversa, como la que llevamos viviendo decenas de años, y los responsables deciden que hay que buscar una solución, los puntos públicos de discusión, y las manifestaciones de sus protagonistas suelen tener límites, por confusos que éstos sean.
Una vez que ETA se enfrenta a su propia debilidad, y los dirigentes de Batasuna (no, quizás, sus bases) se dan cuenta de que el camino emprendido no lleva a ningún lado, el presidente Rodríguez Zapatero decide asumir una apuesta arriesgada, pero necesaria. Se trata de una cuestión de Estado, que como dirigente tiene la obligación de intentar solucionar. Como lo intentó en su día el presidente Aznar, aunque ahora el PP parezca empeñado en borrar parte de una historia en la que jugó el papel de protagonista. Sin embargo, aunque menos que antaño, tanto ETA como Batasuna conservan todavía la capacidad suficiente para complicarnos la vida. ETA puede seguir asesinando. Batasuna puede seguir animando a los de la "kale borroka". Tienen menos fuerza, han perdido cierto protagonismo, pero matar no es imposible. Quemar un cajero o un microbús, increpar a un concejal o tender una trampa a las fuerzas de seguridad, tampoco. La Policía actuará, habrá más detenciones y la situación de hace unos meses se puede volver a repetir.
Por eso, tras varios años de contactos secretos entre dirigentes del PSE y de Batasuna, el Gobierno español decidió entrar en acción. Decidió hablar con ETA, como lo hizo Aznar en su día, aunque en este caso Rodríguez Zapatero parecía contar con algunos mimbres: las conversaciones previas entre Otegi y Egiguren, que habían desbrozado parte del camino. Sin embargo, se le escaparon dos cosas: por un lado, la reacción del PP, que ha desbordado los parámetros de actuación admisibles (la oposición debe decir de entrada no, aunque lo que cuenta es la salida). El PP ha mostrado su cara más cavernaria, así como su falta absoluta de sentido de Estado, eso que con tanto empeño defiende. Ha abjurado de su propia historia, y parece empeñado en falsearla, como si los demás fuésemos idiotas. Por otro lado, también se le escaparon los jueces. A nadie debería sorprender que los jueces sigan actuando y deteniendo a delincuentes. Es su obligación. Aunque a veces tenemos la impresión de que el afán de protagonismo tendría que ceder el paso a la mesura en actuaciones un poco más templadas y discretas. Mucho más en momentos en los que nos estamos jugando tanto.
Los portavoces de Batasuna han señalado que ellos entendieron otra cosa cuando hablaron con el PSE. Es normal que les pase esto, al margen de que sea casi imposible, en este tipo de encuentros, llegar a acuerdos cerrados y sin malentendidos posibles. Máxime cuando luego van a intervenir otros agentes externos. Pero el hecho es que no ha habido, en la historia de nuestro país, ningún grupo que se caracterice tanto por la perversión de la palabra: donde el resto de los ciudadanos vemos asesinos, ellos ven salvadores de la patria; donde la inmensa mayoría vemos alborotadores y delincuentes urbanos, ellos ven heroicos luchadores; donde los demás vemos protección, ellos ven agresión; donde los demás vemos generosidad por parte de la sociedad, ellos lo interpretan como un favor que nos hacen; donde los demás vemos agresividad, violencia y amenazas, ellos ven defensa de ideales y protestas de hastío; donde los demás vemos espectáculo callejero, ellos ven un pueblo en marcha; donde los demás vemos charlatanería, ellos encuentran principios del movimiento nacional; donde los demás vemos a personas con contradicciones, ellos alardean de coherencia. Nada ha cambiado en 40 años, porque siempre avanzan. Aunque se den la vuelta: es para seguir avanzando. Donde los demás vemos pescadores de chipirones o cangrejos, en fin, ellos ven enemigos al ataque. Así que no es raro que surja alguna discrepancia que otra.
El proceso avanza a trancas y barrancas, a pesar de los comunicados. Decir que avanza puede ser mucho decir, pero el hecho de que desde hace varios años no haya asesinados ni secuestros, y que las amenazas hayan bajado de forma sensible, es avanzar de algún modo. En este contexto, la actuación de los partidos políticos, con la excepción del PP, es irreprochable. Todos ellos han renunciado al protagonismo, para apoyar con discreción al Gobierno de la nación en esta coyuntura. Como no podía ser de otro modo, la interpretación de ETA y Batasuna con respecto a lo que significa esta nueva situación tiene poco que ver con la interpretación de la mayoría: se han fabricado su propia realidad, y tienden a pensar que el resto también estamos perdidos en el fango de su palabrería. La sociedad, la inmensa mayoría, tiene muy claro que si ETA renunció a las armas es porque le resultaban incómodas (aunque pueden seguir causando daño). La sociedad tiene muy claro que un proceso de este tipo impone cambios, que quienes dialogan y discuten lo hacen dejando algún pelo en la gatera. La sociedad sabe perdonar, siempre lo ha sabido, pero todavía distingue entre generosidad y chantaje, distingue entre hacer o recibir favores. Los tiempos, partiendo siempre de que se dejen las armas, serán lentos. Tanto más lentos cuanto mayor sea el protagonismo que Batasuna quiera tener. Y si el protagonismo lo quiere adquirir ETA, no habrá cambio alguno. Ésos son algunos de los límites claros del embrollo. Porque esta vez hay que cenar en la cocina, no en la sala de estar. Cuanto más tiempo tarden en comprenderlo, peor para todos.