El estado de Israel nació en la guerra y ha vivido desde entonces con la espada en una mano y la azada en la otra. Es una frase extraída del magnífico libro de Shlomo Ben-Ami "Cicatrices de guerra, heridas de paz". Por enésima vez la afilada espada israelí ha reaccionado de manera desproporcionada ante un ataque palestino, reforzando a la facción más extremista de Hamas y vertiendo gasolina en las explosivas brasas de una Gaza caótica y asediada.
Con estas brutales actuaciones, el gobierno israelí se ha enfangando de nuevo en territorio de Gaza pretendiendo el cese del hostigamiento palestino, obteniendo el reclutamiento de más jóvenes palestinos a la guerra contra el "ocupante sionista".
Lo más significativo de una operación que se supone planeada ha sido el momento de la ejecución de la misma. La víspera, los dos movimientos mayoritarios palestinos, Fatah y Hamas, alcanzaron un mínimo común que suponía un esfuerzo de aproximación a los requerimientos de la comunidad internacional e israelí para iniciar un diálogo con estos últimos, sobre la existencia de dos Estados. Aún a costa de divisiones internas el gobierno de Hamas ha evolucionado lentamente hacia posturas más moderadas. Estos movimientos fundamentalistas, equiparables a otros del área árabe como los Hermanos Musulmanes en Egipto y Hizbullah en Líbano, necesitan su tiempo para madurar y negociar dolorosos compromisos con el enemigo, en un marco de incipientes e imperfectos procesos electorales.
En este contexto no se entiende la histérica irrupción israelí, sino es desde la inmediata presión de parte de sus ciudadanos y de una velada debilidad por el miedo a enfrentarse a un nuevo proceso de negociación con planteamientos comunes palestinos. El proceso de paz exige flexibilidad y concesiones mutuas pero éstas deben materializarse desde la seguridad y la fortaleza de las partes negociadoras, aún con el riesgo de la fractura interna, porque la debilidad recurre a la inercia de la violencia en una zona en la que la cultura de la confrontación armada está más arraigada que la del acuerdo negociado.
Por encima de la tácticas y de las graves episodios acaecidos, el sempiterno y enrevesado conflicto evidencia signos estructurales de fatiga en la mayoría de las dos poblaciones, judía y palestina, que, transcurrida la actual crisis, podría conducir a un nuevo intento de diálogo fructífero. "A falta de la paz de los valientes, la paz de los agotados".
El año comenzaba con las elecciones de enero celebradas en Palestina y el triunfó inesperado del radicalismo islámico de Hamas. Aunque Hamas alcanzó el 44,5% del total de votos válidos y Fatah el 41,3%, los primeros obtuvieron la mayoría absoluta parlamentaria. Los analistas más fiables señalan que la extendida corrupción del gobierno de Fatah en la administración de la ingente cantidad de recursos occidentales, en contraste con los eficaces servicios sociales ofrecidos por Hamas, con apoyo saudita e iraní, en ámbitos hospitalarios y escolares gestionados por los radicales, al margen de las Instituciones, fue una de las razones primordiales para el triunfo de estos últimos.
No podemos obviar que su administración en estos meses ha empeorado la situación social, no solamente por el embargo sometido, sino por las querellas internas palestinas y la carencia de experiencia en la edificación de una administración estatal.
Los principales problemas no solamente residen en la pobreza y en la desesperanza de una juventud empujada a la emigración a Occidente, sino que el Estado en los países árabes sigue siendo una realidad distante y hostil, disociada de su ciudadanía. Muchos árabes no deben su lealtad al Estado, que lo asocian al autócrata corrupto y vendido a Occidente, sino a sus familias y clanes. Sería conveniente que las Instituciones internacionales colaborasen en la conformación de una Palestina viable.
Israel, en las elecciones del 28 de marzo, ignoró la agenda palestina; es decir, el triunfo de los que proyectaban la destrucción de Israel. La abstención fue la más elevada de su historia, 36%. La sociedad israelí, también fraccionada por la diversidad inmigrante, no tiene la resistencia rocosa de los primeros sionistas, de aquel Pueblo correoso perseguido y diezmado por el holocausto. El concepto de solidaridad consustancial a los primeros colonos y al Estado de Israel se está debilitando y las desigualdades crecen. Es una sociedad que ha alcanzado unas cotas de bienestar insólitas en el Medio-Oriente, y que estaría dispuesta a renuncias territoriales obtenidas por la fuerza si se le garantizara la seguridad. Una seguridad que le avale la actual renta per cápita de 24.600 dólares, superior a la de Portugal, y que ésta no sea perjudicada por los recursos empleados en sus aventuras de Cisjordania y Gaza, cuyas rentas se elevan a 1.100 dólares y 600 dólares, respectivamente. Actualmente sólo el 50% de los diez millones de personas que viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo son judíos. Para 2020 se verán reducidos al 42%, sin posibilidad alguna de invertir la tendencia. De ahí su plan de convergencia y retirada unilateral desde el axioma sionista de "máximo de tierras y mínimo de árabes". No requieren de grandes muros para aislarse de los enemigos, sino de grandes acuerdos para convivir en dos estados colindantes.
La fórmula del "ojo por ojo y diente por diente" se ha revelado autodestructiva. La única alternativa de futuro es el pago por el precio de la paz con el enemigo. Un pago doloroso que incluirá la renuncia de territorios y, por consiguiente, la división interna en las respectivas sociedades. Se acabó el sueño del gran Israel y de la gran Palestina, desde el río Jordán al Mediterráneo. Sólo resta el acuerdo definitivo, en base a los territorios previos a la guerra de 1967 y una Jerusalén compartida, parámetros sobre los que tantas veces han discutido y en la que en la era Clinton han palpado el compromiso definitivo. Ésta es la mayor contribución que unos y otros podrían hacer a sus hijos y a las generaciones venideras.