Con poco tiempo y mucha prisa me pongo a escribir sobre un titular de prensa que, sin duda, va a generar polémicas y un debate de cierta consideración, al menos en ámbitos familiares, de cuadrilla de amigos o reuniones de fin de jornada. No en vano en la misma mañana de viernes se ha suscitado el debate en pleno café de media mañana. El titular de prensa dice: "Zapatero no irá a la misa del Papa este domingo". Se trata, como podrán imaginar, de la misa solemne que oficiará el Papa en su visita a Valencia. Y bien, ¿por qué había de acudir a una ceremonia de significado meramente religioso?
Ciertamente, si Zapatero acudiera a la misa no estaría haciendo nada extraño. Todos los días hay personas no católicas, incluso ateas o agnósticas, que están presentes en actos religiosos, como entierros o bodas, sólo para acompañar a quienes sufren por la muerte o disfrutan por emprender un nuevo tiempo de felicidad. La vida está llena de actos o acciones que obedecen a simples protocolos o costumbres arraigadas, sin embargo parece que las actuaciones de todo un presidente del Gobierno adquieren un significado especial. En el caso del presidente Zapatero es bien conocida su personalidad firme y sus convicciones acendradas. Que haya optado por no acudir a esa misa obedece a ambas cosas, pero el tratamiento que la propia dirección de la Iglesia está dando a la visita del Papa exige algún comentario.
En otras ocasiones han visitado España otros Papas, pero nunca como en esta ocasión las vísperas han sido tan estruendosas. La Conferencia Episcopal ha sido, durante estas últimas semanas, una monserga de comunicados, declaraciones y rumores, en los que las palabras de Blázquez han sido las más comedidas. Pero Blázquez ostenta la silla y el estrado, pero no parece que le permitan marcar unas líneas nítidas de actuación sus opositores comandados por el oscuro Rouco Varela. Hasta tal punto son descarados y perversos, que no han dudado en ponerse al servicio del PP para intentar convertir al ex cardenal Ratzinger en una especie de redentor, un cristo reencarnado, que viene a resolver la profunda crisis moral que aqueja a España y, "a perdonar los pecados".
Lo previo ha sido la organización del V Encuentro Mundial de Familias, precisamente cuando España más se está transformando en lo que respecta a la concepción y futuro de la estructura familiar tradicional. Las leyes aprobadas por el gobierno de Zapatero han tenido su máximo fundamento y enfoque en la preservación de la familia, incluso las leyes laborales y sociales han puesto todo su énfasis en la familia como primera unidad de convivencia y solidaridad. Nadie puede dudar que las Leyes de Conciliación de la Vida familiar y laboral o de Dependencia tienen su fundamento en la familia, pero la aceptación de las bodas entre homosexuales o la reducción de los trámites para aligerar el divorcio ha encolerizado a la Iglesia y, sobre todo, a la pléyade de acólitos del Opus Dei y el PP que desean que la familia no sea un instrumento que garantice la protección y seguridad de los individuos que la forman, sino una institución opresora que los ahorme y someta. Dicen no a la familia como seno acogedor porque la desean como un instrumento de control de los comportamientos de las personas.
La Iglesia española se sabe poderosa, a pesar de que las encuestas dejen claro que sólo el 20% de los que se dice cristianos demuestren serlo con sus prácticas diarias. Los dirigentes se muestran tan procaces y deslenguados que bien parecen abanderados de la discordia en lugar de la concordia. Blázquez ha dicho que «la sociedad española está moribunda», mientras su segundo Cañizares ha advertido que «las leyes injustas del Ejecutivo no deben ser obedecidas». Frases parecidas a éstas fueron el preámbulo del apoyo de la Iglesia española a la sublevación franquista. Además, estos prebostes de la Iglesia actual han estado a punto de opinar públicamente (y verter sus opiniones urbi et orbe) sobre la "unidad de España". Que no lo hayan hecho todavía no quiere decir que no lo vayan a hacer. Nada hay tan mezquino y absurdo como poner el ecumenismo al servicio de ultranacionalismos como el que siempre enarbola Rouco Varela. Por cierto, muy poco se ha hablado de la concentración cristiana ultraderechista que ha tenido lugar aprovechando la visita papal a Valencia, salvo en algunos periódicos digitales, casi siempre más valientes y menos supeditados al poder o poderes que la prensa escrita.
La Iglesia española parece haber abierto la veda. Kiko Argüello anunció el caos con una cruz en el pecho: «Europa camina hacia la gran apostasía... estamos vomitando lo que hemos recibido». El arzobispo de Burgos ha anunciado que «la familia es atacada por una corte de becerros del poder». Por tanto, si los cardenales, obispos y arzobispos se han echado al monte (no todos pero sí muchos de ellos, significativos) y aúllan con estruendo, Zapatero tiene todo el derecho demostrar su laicismo con rotundidad. Está claro que lo que debiera haber sido un acontecimiento bello y, sobre todo, provechoso como aportación al debate del Acuerdo entre religiones y civilizaciones, la troglodítica Iglesia española lo ha convertido en una agresión al Gobierno socialista de Zapatero que la derecha ultramontana del PP aplaude y aprovecha.
Zapatero ha anunciado que no acudirá a la misa que oficiará el Papa, y eso le honra. Si acudiera, no sería ninguna deshonra ni ninguna afrenta para quienes creemos que sociedad e iglesia no tienen por qué tener que ver aunque estén condenadas a caminar juntas, pero la cordura del presidente no se resiente para nada por no acudir a un acto que será el colofón de la reata de ataques que la Iglesia le ha venido dedicando durante estos días.