Como nacionalista pienso que el autogobierno vasco ha de cumplir siempre con precisión fundamentalmente tres características: poder real suficiente para garantizar la identidad colectiva vasca en todas sus manifestaciones, poder suficiente también para desarrollar el potencial económico de Euskadi y capacidad organizativa suficiente para poder articular una sociedad vasca solidaria, equilibrada, justa y cohesionada. Y por ello apuesto por un futuro estatus jurídico-político que permita al pueblo vasco responder a estos objetivos nacionales irrenunciables. Aspiro sinceramente a que sea posible una relación libremente consentida y amable con España, seguramente no la ideal, pero con la que poder afrontar mejor que nunca, avanzando respecto a lo existente, con los tres básicos y vertebrales objetivos antes mencionados. Quebec y Baviera no son independientes de Canadá o Alemania pero sí tienen un estatus que les permite responder suficientemente a estos tres objetivos. Se trata de buscar y de lograr no el instrumento ideal que uno estima merecer(se), pero sí el mejor posible en cada contexto real, una hoja de ruta realista y posible para el futuro bajo la batuta de una autoridad moral, política y sociológica lo más amplia y transversal posible de la cual podamos sentirnos orgullosos e identificados el mayor número posible de ciudadanos vascos.
El futuro pasa, creo, por un nuevo acuerdo entre vascos, una nueva etapa que suponga aún un mayor reconocimiento de Euskadi como nación política, un nuevo avance en el reconocimiento de la existencia del pueblo vasco, su derecho a ser y decidir, y un verdadero salto cualitativo en el ámbito de las competencias jurídico-político-legislativas correspondientes al Gobierno y Parlamento vascos. Es decir, un nuevo estatus jurídico-político que nos acerque en la práctica al derecho a decidir nuestro futuro con todas las consecuencias, pactándolo con instancias y marcos superiores donde, nos guste o no, estamos ubicados, es decir, España, Francia y Europa. Hay que acertar, se trata de acertar por encima de cualquiera otra consideración, y ello por responsabilidad ante los que también apostaron y acertaron el 77, el 36 y en tiempos mucho más remotos a lo largo y ancho del Zazpiak Bat. Tendremos que acertar por responsabilidad ante la sociedad vasca actual, moderna, compleja y plural. Y sobre todo por responsabilidad ante el futuro que será protagonizado por otras generaciones con sus virtudes y sus carencias, con sus potenciales y debilidades. Se trata de forjar un nuevo eslabón lo más compartido posible entre el pasado y el futuro que están sin escribir. Una nueva etapa. Hoy y aquí, Euskadi de 2006, el derecho a decidir que corresponde al pueblo vasco de ser dueño de su destino, la burujabetza, el derecho a soñar con el Zazpiak Bat moderno pasa por acertar de nuevo, por decidir y por pactar, avanzar, acertar, decidir aquí, y pactar allí, no imponer aquí y no impedir allí. En definitiva se trata de, con inteligencia, visión de futuro, altura de miras, corazón caliente y cabeza fría acordar el derecho de decisión de los vascos en la Europa del siglo XXI, defendiendo un vigoroso y amplio acuerdo político entre los vascos y pactar luego su ejecución y concreción en el Madrid de las Españas. Hablo de un pacto en el que PNV-EA, la izquierda abertzale y el PSE acuerdan junto con EB un buen marco político.
Los mapas que estudiaban los niños hace poco más de tres lustros son hoy tan obsoletos como la cartografía utilizada en el Tratado de Paz de Westfalia o en el Congreso de Viena. Czeslaw Milosz, poeta y Nóbel polaco, hablaba de Europa como de un gran paisaje en la idea y en la civilización, en el que toda frontera tendría algo de obsceno. Stefan Zweig y Joseph Roth hablaban en la primera mitad del siglo XX de Europa como la Europa de los espacios abiertos, de los horizontes, en contraste con la Europa de las fronteras. Checoslovaquia se rompió de forma civilizada y elegante, los eslovacos pidieron la independencia a Praga y se encontraron con unos checos que no deseaban otra cosa. El futuro, lo repito, está sin escribir, el atlas de Europa siempre se queda viejo, y los vascos tenemos de nuevo la oportunidad de apostar, buscar, y la obligación de acertar una vez más.
Somos el pueblo más viejo de Europa y el mestizaje integrador, incluidas nuevas revelaciones arqueológico-lingüísticas, ha significado secularmente el halo sabio de la supervivencia por encima de todos los avatares. Y así, la necesaria inteligencia del pequeño, que en su pequeñez aspira a poder seguir siendo, se concreta en el siglo XXI y en el contexto en que nos encontramos los vascos en un futuro compartido. Estoy convencido de que el reconocimiento del derecho del pueblo vasco a decidir su propio futuro, el compromiso mutuamente adquirido a ejercer este derecho por la vía del pacto y la negociación, el principio de consentimiento de que esta decisión debe integrar las distintas sensibilidades existentes en Euskadi bajo el amplio paraguas de un consenso suficiente, favoreciendo el diálogo multipartito y separando conceptualmente paz y política son precisamente la llave que posibilita una nueva etapa.
El 5 de marzo de 1949, en plena dictadura franquista y en la más radical clandestinidad, el PNV emitió una larga declaración que comienza así: «El PNV proclama el derecho del pueblo vasco a expresar libremente su voluntad y a que su decisión sea considerada como la única fuente jurídica de su estatus político. Lo que entraña el deber correlativo de respetar ésa». Pues bien, sin negarlo jamás, reafirmándome diaria, viva e intensamente en todo lo que tiene de sentimiento y compromiso político presente, me intento acoplar a los tiempos que corren, piso tierra firme y concibo Euskadi y sus símbolos, por supuesto que sí, como mi patria y mis símbolos, pero también como un proceso de procesos en la historia singularizado por variables específicas. Y me sigo sintiendo vasco a secas. Y por supuesto, nacionalista. Hoy como ayer se trata de conseguir la capacidad para la realización de un proyecto elaborado en beneficio de la sociedad vasca, de encontrarse cómodos en niveles de organización de la realidad que pueden ser perfectamente compatibles con el fin común de favorecer vidas individuales libres, creativas y sociedades prósperas y armónicas en las que merezca la pena vivir. No se trata pues de competir en radicalidad, ni de renunciar a ningún principio, ni de blandenguería ideológica; al contrario, se trata, creo, de, siendo firmes en los principios, ser flexibles ante la aldea global que nos viene y ante una sociedad compleja en evolución. Ni el corazón y el cerebro, ni los principios y los procedimientos, ni la gran política y la praxis diaria deben ser excluyentes entre sí. Pienso que en la Euskadi de hoy, en su contexto de siglo XXI, la única interpretación pragmática y realista de la soberanía y la territorialidad debe, sin renuncias ideológicas a nada, responder exquisitamente a la voluntad ciudadana, a los marcos cambiantes en cada momento y a las nuevas realidades que se conforman.
Pienso que somos un pueblo con identidad propia en el conjunto de los pueblos de Europa, depositario de un patrimonio histórico, social y cultural singular, que se asienta geográficamente en siete territorios actualmente articulados en tres ámbitos jurídico-políticos diferentes ubicados en dos estados. Un pueblo con voluntad de seguir siendo. Estimo que Euskadi tiene derecho a decidir su propio futuro, tal como se aprobó por mayoría absoluta el 15 de febrero de 1990 en el Parlamento vasco, y de conformidad con el derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido internacionalmente, entre otros, en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Así lo manifiesto, porque honesta y sinceramente así lo creo, y pienso, sabiendo de antemano que para los gustos se hizo precisamente la multicolor gama del arco iris.