Hay coincidencias que dan que pensar. Llama la atención que pocos días antes del referéndum sobre el nuevo Estatut de Catalunya, un colectivo de personalidades políticas de Quebec haya lanzado una nueva propuesta política articulada en una carta abierta con el fin de resolver la "cuestión nacional de Quebec". El documento sugiere unas formas políticas distintas de las que ha vivido hasta ahora la provincia francófona de Canadá. Dos veces en quince años (en 1980 y 1995) el electorado quebequense fue llamado a expresarse sobre la soberanía de Quebec, un proyecto llevado por el Parti Québécois. Los electores quebequenses sabían de sobra lo que implicaba votar por el Parti Québécois: un referéndum sobre la soberanía durante su mandato. En efecto, el artículo primero del estatuto interno de dicho partido establece que la razón principal de su fundación es alcanzar la soberanía política. Dicho de otra forma, el objetivo consistía en elegir un "menú del día" político ya decidido de antemano. Se trata de unas formas que son fruto de una cultura política basada en un sistema electoral mayoritario y que, a pesar de garantizar la estabilidad institucional, dejan poco espacio para matices.
Sin embargo, con dicha carta abierta a la sociedad quebequense, y en particular a los partidos políticos, se está empezando a hablar de la posibilidad de resolver la cuestión del futuro político de Quebec desde una reflexión distinta que, antes de ir a las urnas referendarias, busque previamente el máximo consenso posible entre la ciudadanía. Dicho de otra forma, no se puede saber de antemano en qué tipo de futuro político cuajaría el consenso ciudadano.
La carta abierta dice, entre otras cosas, algo que suena familiar a los nacionalistas vascos y catalanes, o sea que la legitimidad de la vertebración del Estado canadiense es contestada por una parte importante de la población de Quebec cuya consecuencia directa es que el status quo político no pueda durar...
El documento propone alcanzar un consenso interno previo entre personas de orientación distinta. Se trata de una dinámica política que parece inspirarse idealmente en las formas del procedimiento estatutario catalán que cuajó en el consenso del 90% del Parlament. Sin embargo, el documento va más allá del consenso "a la catalana" entre partidos. Se pide, en efecto, la creación de nuevos espacios públicos de deliberación: "verdaderas ágoras contemporáneas" que permitan la expresión de la ciudadanía en su conjunto, respetando y reflejando sus diferencias.
Aunque hablar de "ágoras contemporáneas" en sociedades tan antiguas como las europeas suene algo retórico, en el fondo, dicho concepto podría inspirar, al menos en parte, a los vascos que buscan una salida al callejón sin salida en el que permanecen las cosas después del rechazo del llamado Plan Ibarretxe por el Congreso de los Diputados.
Varias personalidades de perfil político diverso tanto en lo que se refiere a la cuestión nacional y al futuro político de Quebec, como a nivel de orientaciones sociales, han suscrito la carta abierta. Personalidades que van desde Jean Allaire, fundador de Action Démocratique du Québec, partido de centro derecha de orientación neoliberal en lo económico, a Ruba Ghazal, dirigente del recién nacido partido de izquierdas Québec Solidaire, pasando por Scott McKay, jefe de los verdes de Quebec, y la dirigente sindical, Lorraine Pagé.
La cúpula del Parti Québécois ha reaccionado negativamente porque teme que "el consenso" implique un recorte en términos de soberanía. Sin embargo, el hecho de que personas de marcado perfil soberanista hayan firmado, incluyendo a tres diputados del Parti Québécois, indica que la idea del consenso y de la participación ciudadana en política están conquistando terreno. Es imposible que la gente interpelada por las dinámicas políticas que se están desarrollando a ambas orillas del Atlántico, no vea en dicha carta abierta un intento de inspirarse en el proceso catalán.
Queda por ver si la carta abierta tendrá futuro en Quebec como práctica política. De concretizarse ese escenario, las dinámicas de búsqueda de solución política para las minorías nacionales de Quebec, Euskadi y Catalunya se asemejarían más, y podrían inspirarse recíprocamente, en un sistema de vasos comunicantes que crearía precedentes interesantes.