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Ekaina 17 | 2006 |
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El Correo


Recuerdo que mi padre lo tenía escondido junto a otros libros en la caja de una persiana de nuestra casa. Eran los últimos años de la dictadura franquista. Aita cogió aquel libro lleno de polvo que llevaba por título ´El árbol de Gernika´ y me lo pasó, como un secreto, para que lo leyera. Y lo leí, más rápido de lo que hubiera pensado, viendo cómo se describían hechos terribles, sencillos a menudo y heroicos en ocasiones, en lugares que me eran familiares.
Muchas personas han tenido un libro de referencia que les ha hecho decantarse por una forma de ver el mundo. Para mí ese libro fue el de George L. Steer. Un libro no ideológico en apariencia, sólo descriptivo acerca de sus experiencias como corresponsal en el frente y la retaguardia vasca durante la guerra, pero que desborda una admiración por el esfuerzo de aquellas gentes de Euskadi en mantener un código ético, unos valores, unas líneas morales que no se debían atravesar ni aun en el maremágnum que supone una guerra.

El libro, o mejor dicho sus protagonistas, me enseñaron que un país no es sólo un nombre y un territorio físico, sino los valores que la sociedad que habita en él representa y defiende. Valores y lazos de solidaridad basados en el respeto al otro, a la persona, al diferente, teniendo como pilares fundamentales la vida humana y la democracia. Mientras en otros lugares la guerra no conocía límites, en aquella Euskadi de 1936 se respetaron los derechos humanos más elementales.

En palabras de Steer: «Después de todo el pueblo vasco es un pueblo pequeño y no disponía de muchos cañones o aparatos. No recibió ayuda del extranjero y sus ciudadanos fueron extremadamente sencillos, sinceros y no muy duchos en el arte de la guerra. En las circunstancias más terribles mantuvieron en alto la antorcha de la Humanidad y civilización. No mataron, ni torturaron ni se cebaron en sus prisioneros. Respetaron la libertad de expresión y de credo, observando escrupulosamente y con pasión todas las leyes escritas y no escritas que prescriben el respeto del hombre con sus semejantes. Jamás hicieron rehenes. Respondieron a los métodos inhumanos de quienes les odiaban con la sola protesta. Dijeron la verdad siempre que la guerra se lo permitió y cumplieron todas sus promesas».

Fueron nacionalistas, socialistas, comunistas, republicanos o anarquistas, hombres y mujeres de dura convicción que marcharon hacia su meta por senderos de derecha, centro o izquierda pero con unos valores comunes patrimonio de un pueblo. Todos ellos son ahora igualmente nuestros.

Fueron derrotados. Es lo que dice la historia. Pero esa derrota supuso su victoria moral. Cuando llegaron las primeras elecciones democráticas tras el franquismo la gente de este país no había perdido la memoria. Tenían en sus mentes, por haberlo vivido directamente o través de sus antecesores, el recuerdo de un país que en el medio del caos funcionó razonablemente y los partidos protagonistas de aquellos días tuvieron su recompensa en las urnas.

En nada se parecen a esos gudaris, a esos combatientes leales a su pueblo y a la República, quienes han asesinado, extorsionado, amenazado, amedrentado e insultado a sus convecinos durante estas últimas décadas. ETA pensó que su país era simplemente un nombre y un territorio. Y ETA, llámelo como lo llame, ha acabado siendo derrotada. Con la añadidura de que su derrota es también moral a diferencia de la de aquellos héroes del 36. Han estado a punto de llevarnos a la bancarrota moral a la que parecían inmunes nuestros abuelos. Afortunadamente, no lo han conseguido, aunque esta sociedad va a tener que esforzarse mucho en recomponer sus valores

Hoy, después de 70 años, todavía estamos reclamando una Ley de la Memoria Histórica que se les debe, y que desafortunadamente se está retrasando, habiendo rebasado con creces el Gobierno español todos los plazos establecidos para su presentación. Esperemos que se haga este año. Ley no sólo compensatoria sino a modo de homenaje, porque tuvieron que ver cómo la Transición les privaba de obtener justicia al tener que aceptar que todos aquellos que se aprovecharon de las prebendas del régimen ilegal y faccioso de Franco mantuvieran su patrimonio y su posición social e incluso política como si no hubiera pasado nada en esos 40 oscuros años de tanto sufrimiento, exilio, hambre, familias rotas, humillación y sobre todo silencio.

Por todo ello es muy loable la iniciativa que la asociación Aterpe 1936 ha organizado para mañana, domingo 18 de junio, en Artxanda en homenaje a todos los que defendieron a las legítimas autoridades y las libertades y derechos de la ciudadanía vasca en la Guerra del 36 y la posterior dictadura franquista. Y que la escultura que se ofrezca como recuerdo sea una huella lo es muy apropiado. Porque todos ellos dejaron huella en muchos de nosotros y fueron un ejemplo que su pueblo recordará por generaciones. Es un deber acudir.

El lugar y el día elegidos no son baladíes. Las jornadas anteriores a la caída de Bilbao, el 19 de junio de 1937, significaron un ejemplo de civilidad por parte de las autoridades vascas, leales a la República. La ciudad se mantuvo en orden, libre de saqueos, las industrias así como la Universidad de Deusto y la iglesia de San Nicolás (posibles puntos de tiro para el enemigo) que podrían haber sido destruidas en la retirada se mantuvieron en pie para las generaciones posteriores, los prisioneros de guerra fueron entregados a los facciosos a través de la línea de frente a fin de que no pudieran ser asesinados por alguna fuerza armada que aprovechara los agobios de la retirada. Y para lograr eso, se necesitó ganar tiempo combatiendo al enemigo en Artxanda.

Hay un párrafo del libro de Steer que aprendí casi de memoria y que, todavía hoy, al leerlo vuelve a emocionarme. Se refiere precisamente a Artxanda, cuando junto a él, con tan sólo armas ligeras, pasan en formación los gudaris que van a intentar cubrir la retirada en una villa definitivamente perdida. Con la venia del autor, hago mías sus palabras: «Al caer la noche, entre el humo, las llamas y el incesante fragor del combate, tres batallones que eran la flor y nata de la infantería nacionalista vasca fueron enviados allá arriba para un esfuerzo final. El Kirikino, el Itxasalde y el Itxarkundia. En la historia del sacrificio de la sangre humana en aras de la democracia, sus nombres vivirán para siempre. Mientras el laurel brote de la tierra generosa habrá hojas con que coronar su memoria. ¿Héroes, yo os saludo!».

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