Si a la voluntad mayoritaria de una sociedad, de un pueblo o de una nación se le coarta por la fuerza su libertad; una de dos, o el espíritu ciudadano se encona y se rebela por resentimiento reprimido, o bien perece poco a poco por desesperanza y resignación histórica. El orden en su caso así impuesto resulta un orden falso porque por un lado encubre la frustración de gran parte de una sociedad resentida, o en caso contrario, se traduce en paz letal por simple renuncia. Renuncia con conclusión y finiquito del ser peculiar de un pueblo o de una nación que podrá quizá salvar a lo más un período histórico determinado, pero que no asegura que en el devenir histórico de ese colectivo haya conductas que procedan a revolverse contra la imposición de determinados caprichos históricos. Es un error y en el caso vasco un auténtico despropósito estimar por orden el ‘‘orden constitucional y, por lo tanto, oficial establecido’’, cuando no debería de ser sino un problema de falta de respeto a la voluntad mayoritaria democráticamente expresada por una sociedad diferenciada, con conciencia de serlo, de querer serlo, y de querer poder decidir serlo. No es sensato confrontar orden y corsé constitucional alguno con voluntad persistente de un pueblo que demanda ‘‘otras’’ cosas. Desde que el mundo es mundo, el impulso, el conato esencial, persistente e infatigable de toda sociedad, de cualquier pueblo, de toda nación, se ha dirigido, aún con grandes sacrificios, hacia mayores cotas de libertad, de participación y de democracia.
Euskadi está viviendo momentos políticamente intensos y apasionantes, afectando tal intensidad y apasionamiento al conjunto de la sociedad vasca. A todos y todas.
Ha ocurrido algo trascendental, y es que la tregua de ETA demandada con firmeza por la sociedad vasca ha cristalizado en un juego político que puede llagar a ser fascinante, por inédito e incierto. Para Euskadi, y para el conjunto de España. Y de alto riesgo. Tiempos de coraje político y de apuesta inequívoca por un futuro sin violencia, por un futuro mejor en el que en Euskadi se aborde con inteligencia y altura de miras el nudo gordiano de su problema político fundamental, el de su encaje en entidades políticas superiores... aunque a ratos uno piensa que el Partido Popular no ve con demasiados buenos ojos una nueva foto institucional consecuencia directa de la desaparición de la violencia política. Un PP casquetoso que parecería encelado desear el fracaso de la buena nueva para la paz, envidioso, corto de miras, viejo y anacrónico.
Y ello es porque haberlo, haylo, quien entiende que el primer y quizás único problema político en Euskadi es el mantenimiento a toda costa el corsé autonómico del estatus quo constitucional. Y hay quien califica de desorden, el contraste de opiniones y de alternativas encontradas. Pero, si eso es problema y desorden, es realmente un problema y desorden necesario por fecundo y generador de nuevos espacios. ¿Qué es la historia de la civilización clásica y de las naciones cultas modernas, sino la serie ininterrumpida de luchas esforzadas, hacia una ordenación social cada vez más justa y libre, no estable, sino superable y dialéctica siempre? Porque el orden impuesto por la fuerza no es ordenación, sino inmovilidad, como la bandera almidonada enarbolada por el PP sobre la vigencia pétrea y eterna del Estatuto y de la Constitución. Por cierto cuando ni votaron ni la Constitución ni el Estatuto. Estaban en contra. Como siempre están en contra de todo lo nuevo, en contra de todo nacimiento. Siempre a favor del pasado. Y cuanto atrás mejor. Nunca a favor del futuro compartido y solidariamente buscado. Y si está hoy el PP a favor del Estatuto y de la Constitución es sencillamente por diagnosticarlo como mal menor. Mosqueteros de las Azores, del no y de la mentira.
La Disposición Adicional del Estatuto en el que se afirma que la aceptación del mismo no implica renuncia a los Derechos Históricos que le pudieran corresponder al Pueblo Vasco, puede y debe de servir como enganche efectivo para activar y ampliar el consenso político vasco entre opiniones y percepciones ciudadanas dispares, e incorporar feliz y definitivamente a terrenos puramente políticos y democráticos a quienes hasta ahora han rechazado las vías estrictamente políticas, y abrir por lo tanto interesantes posibilidades de futuro y lugares de encuentro entre dispares. Con lo ocurrido en Montenegro y su 55,4%, jacobinos ‘‘delirium tremens’’ ilustres incluidos, uno se siente un poco más entonado, como más arropado, en su condición de vasco, demócrata y nacionalista. Demócrata vasco y nacionalista que cree firmemente que aquí hay un pueblo, el pueblo vasco, una nación, Euskadi, que tiene derecho a decidir y la necesidad, la obligación y la responsabilidad de pactar. Nacionalista vasco demócrata y que mira al futuro sin olvidarse de dónde viene y que cree en la bondad de la transversalidad, de las amplias mayorías para conformar futuros lo más compartidos posibles, pero que también es un firme convencido del juego democrático de las mayorías y de las minorías políticas. Un amable recordatorio al paupérrimo resultado de síes cosechados en el referéndum de la Constitución en Euskadi. En fin, por futuros los más compartidos posibles, sin cartas en la manga y con reglas de juego sin cepillos.