La del alba sería cuando los ciudadanos vascos nos enteramos que en una locuaz intervención -reída y aplaudida por jóvenes socialistas- el ex vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra proclamaba a los vientos políticos cómo «nos cepillamos» el proyecto de Estatuto de Ibarre-txe. ‘‘Cepillar’’, en el sentido figurado del diccionario de la Real Academia de la Lengua española, equivale a tener trato sexual con alguien o en el más castizo y sexista el pasarse por la piedra, a un/a prójimo/a. Como muchos pensamos que eso fue precisamente lo que sucedió en las Cortes madrileñas con el texto aprobado por mayoría absoluta del Parlamento vasco, nada que objetar en cuanto al fondo de semejante afirmación; sí en todo caso cabe denunciar el tono chocarrero y prepotente propio de un personaje único y solo comprensible en la celtiberia show.
Puesto que de D. Alfonso partimos y con él concluiremos, una breve semblanza de quien se imputa universalista y cosmopolita, siempre que el orbe entero gire sobre el eje de su patio de Monipodio. Es autor además de una autobiografía celebérrima en la que se denota sin ambages su amplia pobreza intelectual, compensada con el placer de conocerse a sí mismo y por unas dosis incalculables de petulancia. Con decir que el Guerra se declara, en compañía de su amigo entrañable -hasta que le traicionó- Felipe, como el cerebro del primer PSOE, constituyendo las extremidades -y justo no les llama patanes- los socialistas vascos y catalanes. Quien ha mostrado tan altas habilidades en los chanchullos de la más rastrera política, no puede jactarse de otras cualidades de las que prestigian al político y a su obra.
Bien es cierto también, que los pecadillos familiares no pueden recaer en todos y cada uno de sus miembros. Pero cuando un hermano de Alfonso, de patillas a lo Zumalakarregi, se aposenta en un despacho de la Delegación del gobierno en Sevilla comienza un jugoso juego de prebendas y trafico de influencias, la lógica debía ser la defenestración del responsable una vez descubierto. Nada de eso se hizo que sepamos con el susodicho; por el contrario, de la misma prolífica familia salió un dicho salaz pero no carente de realismo: si durante siglos han chupado del bote los de siempre, ahora que tenemos el poder no toca a nosotros. Punto y aparte.
De la misma manera que los resortes del poder fueron beneficiosamente patrimonializados por quien tratamos en estas líneas. Un mero ejemplo en esta dirección: cierto colega académico cuenta cómo ante el hecho de un fenomenal atasco en el aeropuerto de Sevilla, con enorme despliegue de guardias civiles con helicópteros incluido preguntó la causa al taxista; éste le respondió con socarronería andaluza: «es D. Arfonso que viene a visitar a su nueva novia». Anécdota más propia de un Borbón que de un castigado hijo del hogar trabajador andaluz.
Hemos mencionado ya la pobreza intelectual en todas y cada una de la páginas de la vida del autobiografiado. Existen personas que partiendo desde modestos orígenes y apareciendo a la luz publica, denotan una valía extraordinaria que ha necesitado del medio publicitario para fructificar; mientras que a otros esa misma luz muestra que salvo para el situacionismo más despiadado, pocas virtudes acompañan su triste proyección. Alfonso Guerra, mucho nos tememos, se encuentra en este segundo espacio, sin que sus autobombos de producción literaria o artística, alcancen niveles mínimos de dignidad. La expresión publica de sus fastos más habla de nimiedades que de alardes jacarandosos.
Una simple anécdota en este sentido relatada por Jorge Semprún -éste sí un auténtico intelectual hecho y derecho- en su experiencia de ministro de la Corona. Con ocasión de un consejo de ministros, se encontró Semprún con el vicepresidente Guerra sentado en un sillón a la entrada obligada de la sala de la reunión. De dicha manera Guerra ‘‘leía’’ atentamente un libro, de una exquisitez cuasi divina; todos y cada uno de los entrantes se interesaba por tan docta ‘‘lectura’’. Semprún pagó el peaje y mostró su atención al texto y además se fijó en la página que devoraba con fruición D. Alfonso: la 156. El consejo no se llegó a celebrar y dos horas después Guerra seguía abstraído en la lectura del mismo libro en el mismo sillón. Semprún por encima del hombro del venerable observó la página en que se hallaba: la 156. Sin comentarios.
Notas sintéticas sobre un personaje propio de un tiempo y de un país, al que curiosamente algunos le siguen riendo las gracias y al que al menos ha de reconocérsele una cualidad: el decir lo que piensa, aunque su fundamento se encuentre en la ostentación del poder en su peor acepción. Lo cual no quiere decir que sus improperios no dejen de molestar a la sensibilidad y supongan una supina tontería, al menos para mentes equilibradas. Con todo, la hilaridad que despierta debe ponerse en el haber de tan eximio ciudadano.