Un ciudadano iraquí, entrevistado ayer con motivo del tercer aniversario del inicio de la guerra, se limitaba a señalar que "sólo tenemos dos horas de luz al día y el agua no llega nuestras casas, las mujeres tienen que ir a buscarlo al río". El hombre no analizaba la situación política, sin duda preocupado por la carencia de los más elementales recursos, y aún se consideraba afortunado porque no había fallecido ninguno de sus familiares directos, algo bastante raro si se tiene en cuenta que ya son 100.000 las víctimas. Pero si socialmente es un desastre, política y militarmente Irak es un caos.
La guerra se presentó como una operación para impedir que Sadam Husein hiciera uso de unas armas de destrucción masiva -que luego se supo que no existiría- y tutelar un proceso de democratización que sustituyera el derrocado régimen dictatorial. Además George Bush, Tony Blair y José María Aznar proclamaron desde las Azores los vínculos criminales entre el Gobierno iraquí y los terroristas de Al Qaeda. Dicha conexión nunca se pudo demostrar, pero la invasión ha servido para que el fanatismo integrista campe ahora a sus anchas en el devastado país. Hoy, tres años después, la guerra abierta ha dejado paso a la violencia fuera de control que se cobra decenas de vidas todos los días y que ha elevado el número de muertes en las tropas de los Estados Unidos a 2.300 soldados (la mayoría, curiosamente, en el segundo y tercer año del conflicto), y el remedo de elecciones democráticas de las que debía surgir el Gobierno, que según los invasores traería consigo la paz, han servido para situar a Irak al borde de la guerra civil.
A pesar de todo, Bush insiste en su discurso belicista y sigue prometiendo una victoria en la que ya no cree prácticamente nadie, mientras los gobiernos que en su día enviaron tropas van retirándolas siguiendo el ejemplo de José Luís Rodríguez Zapatero. De hecho, crece el clima de censura hacia la administración de Washington tanto entre la opinión pública norteamericana como en la comunidad internacional, lo que ha bajado la popularidad de Bush hasta niveles nunca antes conocidos. La solución nunca llegará por la vía que propone el presidente d elos EEUU, porque nunca propiciará la necesaria estabilidad.