Editorial
Iritzia
Diario de Noticias
hoy hace 30 años, Vitoria vivía una de las páginas más negras de su historia reciente y sus calles se teñían de sangre y dolor inocentes. Una simple asamblea de trabajadores en huelga dentro de una iglesia -el derecho de reunión no existía, las asambleas estaban prohibidas y la huelga era aún un acto delictivo en aquellos primeros meses de 1976- se convirtió en una masacre debido a una intervención policial no ya desmesurada sino, como ha concluido un exhaustivo estudio de la UPV, "irresponsable y quizá criminal" al utilizar la policía armas de fuego, armamento de guerra, contra la población civil.
El resultado, no por conocido y profusamente difundido durante estos 30 años, no deja de sobrecogernos: cinco jóvenes trabajadores muertos, un centenar de heridos, muchos de ellos de bala, y todo un pueblo sumido en el dolor, la estupefacción y la indignación. La ciudadanía de Vitoria dio entonces toda una lección de entereza y dignidad que aún hoy es necesario reivindicar. Al igual que hay que exigir, aunque hayan pasado 30 años, un reconocimiento histórico a las víctimas del 3 de marzo que pasa, por difícil que sea dado el tiempo transcurrido, por una investigación seria, profunda y rigurosa sobre lo que ocurrió y sobre quiénes fueron sus verdaderos responsables. Memoria, reconocimiento, justicia y verdad. Es lo que demandan todas las víctimas de todas las violencias, sea cual sea el origen de éstas. Y este caso no puede ni debe ser una excepción, porque la reparación a las víctimas no puede depender de la ideología de quien manda disparar o aprieta el gatillo.
Así deberían tenerlo en cuenta el Gobierno de Zapatero y todos los partidos ante el trámite en los próximos meses de dos leyes clave: la de solidaridad con las víctimas del terrorismo y la de reconocimiento a las víctimas de la guerra y del franquismo. En ambos casos, la idea de justicia debe primar por encima del debate político y los deseos de venganza. Los afectados por aquel acto puramente fascista y genuinamente franquista del 3 de marzo de 1976, que sólo reivindicaban derechos básicos de los que hoy disfrutamos gracias, en gran parte, a su lucha de entonces, también merecen, como dijo Zapatero el miércoles sobre las víctimas del terrorismo, "afecto, solidaridad, reconocimiento y respeto. La sociedad tiene muy presente su memoria".