Javier Elzo
Iritzia
El Periodico de Catalunya
Hace unos días pronuncié una conferencia en Pamplona con este título: Después de ETA: reflexiones de un sociólogo. Sostuve que ETA como proyecto político está acabado, aunque aún no ha terminado con sus acciones violentas, amenazas, extorsiones... Reflexioné sobre estas cuestiones: ¿cómo va a vivir la sociedad el periodo posterior a ETA? ¿Propugnará, tras el reconocimiento y reparación de las víctimas, olvidar lo sucedido en aras de no profundizar en las heridas abiertas y sangrantes? ¿Nos servirá de modelo la forma de gestionar el final del franquismo? ¿Cuál debe ser el papel de la memoria en este proceso? ¿Qué es preferible: la amnistía, la amnesia, el recuerdo constante del dolor causado y de las víctimas ocasionadas? ¿Cómo gestionar el reconocimiento y reparación a las víctimas con sus propios planteamientos políticos? ¿Hay espacio para la reconciliación? No puedo abordar aquí todas estas cuestiones. Me limitaré al conflicto político vasco y la violencia de ETA y al papel político de las víctimas tras ETA.
Es evidente que hay conflicto político en el País Vasco. Y que tiene relación con la violencia de ETA, pero disiento frontalmente de la idea de que ETA es consecuencia ineludible del conflicto vasco. Y no por razones éticas o de oportunidad política, sino porque tal inevitabilidad es empíricamente falsa: la violencia terrorista de ETA no es la consecuencia ineludible de una situación objetiva de injusticia social y nacional de Euskal Herria, sino la consecuencia inducida por una lectura de esa situación social y nacional propiciada por la izquierda radical aberzale del MLNV, que se ha propuesto unos objetivos que, admitidos en su totalidad sólo por una minoría de la población vasca, se ven impelidos al uso de la violencia ante la imposibilidad manifiesta de alcanzarlos por las vías democráticas. A partir de ese momento, la vida de quienes puedan ser obstáculo para construir la sociedad vasca que ETA proyecta debe desaparecer. Su muerte no es sino la consecuencia --lamentable, dirán-- de un conflicto no resuelto en el que esas personas, las denominadas, desde hace 10 años, víctimas del terrorismo, con su comportamiento o sus ideas son un obstáculo para conseguir el objetivo de ETA.
¿CUÁL DEBE ser, entonces, el papel de las víctimas en la era post-ETA más allá del reconocimiento y reparación debidos? Voy a reflexionar a partir de un texto de mi buen amigo Joseba Arregi, aunque disentiré en un punto concreto. Decía: "Si ETA niega la vida y los derechos de las víctimas porque son un obstáculo para la Euskadi que pretende, la memoria objetiva de las víctimas de ETA se convierte en la negación rotunda, en la imposibilidad ética del proyecto de Euskadi de ETA. La sociedad vasca, Euskadi, no puede ser, si se quiere mantener una memoria efectiva de las víctimas, lo que ETA siempre ha querido para Euskadi, en ninguno de sus aspectos subrayo yo. El recuerdo efectivo de las víctimas debe hacer imposible esa Euskadi, con ETA o sin ETA".
Siempre será razonable mirarnos en el espejo de ETA como siempre será razonable mirarnos en el franquismo, en el comunismo, en el nazismo, etcétera, etcétera, para impedir que se reproduzcan. Pero ¿todos los objetivos de ETA, todos los objetivos del franquismo, del marxismo, etcétera, son ya intrínsecamente perversos porque hayan generado víctimas? ¿Habremos de desechar para siempre, por ejemplo, las críticas del pensamiento marxista al capitalismo en razón de la concreción histórica del marxismo?
Los objetivos de ETA eran la creación de un Estado vasco, independiente, unificado, euskaldún y socialista. Para muchos vascos, también nacionalistas, ése no ha sido nuestro proyecto. Con y sin víctimas, añado. Pero porque haya sido el proyecto de ETA y con él haya asesinado, ¿quiere decir que un vasco no puede trabajar por lograr una Euskadi independiente o una Euskadi socialista? Manifiestamente no. Yo creo que lo que es rechazable para todo demócrata, sea o no nacionalista, es el carácter totalitario de ETA, esto es, que sostengan que su proyecto es el único posible para Euskadi y que se sientan legitimados a matar cuando alguien sea un obstáculo para su proyecto.
AQUÍ VEO YO la importancia del recuerdo de las víctimas como la memoria inolvidable de un proyecto totalitario. El recuerdo de las víctimas nos debe traer siempre al presente que todo proyecto, en este caso el de la imposición de un único proyecto y excluyente del diferente en una Euskadi plural, debe ser fruto del debate democrático. Más aún, ese recuerdo debe ser un acicate para avanzar hacia la conciencia social y política de un futuro en el que nunca más proyecto alguno deba ser aceptado en el concierto de las naciones como consecuencia de la imposición de unos sobre otros. Por eso también, la amnesia de las víctimas del terrorismo es letal para el futuro de la sociedad.