Editorial
Iritzia
Noticias de Gipuzkoa
aunque sea salvado por la campana después de un proceso de casi dos años de complicadas negociaciones multipartitas y en un acuerdo a dos bandas alcanzado con nocturnidad en Moncloa apenas unas horas antes de que expirase el plazo, la reforma del Estatut es ya una realidad y está llamada a convertirse en un hito político fundamental no sólo para Cataluña, sino también para el propio Gobierno de Rodríguez Zapatero
e incluso en una referencia ineludible para el futuro inmediato en Euskadi.
El acuerdo que Zapatero terminó sellando de madrugada con el líder de CiU, Artur Mas , ha sido la culminación de la larga travesía de un tren que cargaba muchas expectativas y un amplísimo respaldo social, pero que ha estado sometido a la presión de una batalla sin cuartel por parte de los sectores reaccionarios y que tampoco ha estado exento del serio riesgo de descarrilar.
Finalmente, más allá de una sustancial mejora del autogobierno de Cataluña -que contará con un sistema de garantías competenciales, una agencia tributaria consorciada y un importante aumento de su participación en el IRPF-, esta reforma supondrá el triunfo de la vía de la negociación, del pragmatismo y de una forma abierta y dinámica de entender la política.
Y, desde una perspectiva estratégica, la recta final del duro debate sobre el Estatut también constituye un importante logro político para Zapatero y Mas, dos líderes que arriesgan mucho en esta lid y que la han culminado con grandes dosis de habilidad e imaginación para buscar fórmulas -dejando ambos pelos en la gatera e incluso haciendo verdaderos malabares semánticos y sintácticos con el término nación - que les permitieran responder a las expectativas de la reforma y, a la vez, salir bien parados del lance. El protagonismo y la privilegiada capacidad de interlocución que CiU ha conseguido arrogarse en la recta final de las negociaciones ha dejado, sin embargo, en una comprometida posición a ERC, que ayer seguía considerando "inaceptable" un acuerdo que, sin embargo, le resulta muy difícil rechazar sin poner en riesgo el tripartito del Govern. A su vez, Zapatero ha demostrado un empeño valiente -sorteando la fuerte presión del PP, de barones de su propio partido y de poderes fácticos del Estado- que le da fuerzas para mirar ahora hacia Euskadi, su segundo gran reto de la legislatura.