Este mes de julio se conmemora el 70 aniversario del inicio de aquella espantosa hecatombe que se denominó «la guerra civil española». Pocos acontecimientos han tenido mayor repercusión internacional en tanto pórtico ideológico de la II Guerra Mundial y explicitación de un conflicto inexorable entre la legalidad democrática y el acoso del totalitarismo fascista y reaccionario. «La guerra» ha sido un hecho condicionante para una generación que vivió - o malvivió- en la segunda parte del siglo XX, en lo que hoy es el reino de España.
Guerra que finalizó con vencedores y vencidos, siendo en este caso absolutamente real el vae victis de los romanos. Si los triunfadores se apoderaron de un inmenso botín y lo patrimonializaron a su servicio; si autodenominó a sus muertos gloriosos caídos por Dios y por España, así como a sus heridos caballeros mutilados; si el adquirido poder absoluto lo utilizaron para bien de sus personas y allegados, los derrotados sufrieron en sus carnes y en las de sus familiares, las más atroces de las medidas represivas superando los tiempos de la inquisición.
Una estadística basada en nombres y apellidos proporciona la cifra de más de 3000 fusilados por el bando franquista, solo en Navarra. Es de prever que esa cifra se triplicaría en el conjunto de Vasconia. A lo que hay que sumar los miles de muertos en la contienda, y el ingente número de encarcelados, exiliados, represaliados económicamente, funcionarios depurados y empleados despedidos laboralmente por razones políticas, siendo sus puestos ocupados por adictos al Régimen. La tragedia fue tan amplia e intensa que sumió en el silencio de los corderos a amplios estratos sociales, incapaces de superar el trauma de tanta desgracia.
Pocas familias en este País están exentas de un real ataque personal o familiar, como consecuencia de una guerra civil de tres años y una posguerra de casi cuarenta. El dolor de las víctimas se expió, en la mayor parte de los casos, en el más doméstico de los ambientes, puesto que a ese espacio de dolor se les reducía por el poder político. La prepotencia del franquismo llegaba a la incautación de todos los bienes de los represaliados, a la expulsión forzosa del trabajo, al envío a las catacumbas de los perseguidos por el mero hecho de ser demócratas y a la constante utilización de las más duras medidas coactivas, como lo revelaría el fusilamiento de cinco personas en las mismas postrimerías de la vida del tétrico dictador.
Y sin embargo, aquello por lo que lucharon los soldados de la República -la libertad, la autonomía, el Estado de Derecho legalmente reconocido - ha triunfado sin mayores problemas, una vez que el franquismo se derrumbó y pasó a introducirse en el basurero de la historia. ¿Quién recuerda las aberraciones de aquel régimen, que a diferencia de sus homónimos italiano y alemán, transcurrió durante décadas y décadas? Incluso corrientes histórico-políticas reivindican este periodo como el del relanzamiento económico o el de la pacificación de los espíritus, en una España una, grande y libre. Esperemos que siguiendo tales resurrecciones, operaciones análogas se lleven a cabo a favor de Hitler o Mussolini. Al fin y al cabo todos iban en el mismo carro: el del totalitarismo y la execración de las libertades.
Pero lo que no se puede obviar por ser políticamente incorrecto es el sufrimiento de un pueblo, de centenares de miles de sus ciudadanos, bajo el yugo y las flechas de un poder tiránico. Aquí en Euskadi, menos todavía, puesto que además de la matanza del rojo se le adicionó la del separatista; en suma la inmensa mayoría de la población.
Bien es cierto que algunas escasas medidas de resarcimiento -sobre todo económicas- se han adoptado en el nuevo marco democrático respecto de las víctimas del terrorismo franquista. Pero parece llegado el momento de la gran reparación por tanta salvajada inmune; sin rencor ni ira, pero recordando aquello que sucedió, y mentando a las personas concretas con nombres y apellidos, a los colectivos y a las instituciones que sufrieron tan espantosas represalias.
Muchas por ley de vida o por haber sido asesinadas se citarán en el recuerdo solo vivo en sus familiares y allegados; otras todavía sobreviven en la palpitante actualidad. Todas ella merecen una reparación y un homenaje por su dignidad en la defensa de los valores supremos, aquellos que tanto se citan: las libertades públicas, los propios de un Estado de Derecho, la representación democrática, y además en nuestro caso, el autogobierno vasco.
El hacerlo, aprovechando una fecha como es el aniversario de la rebelión del 18 de julio de 1936, es una cuestión de estricta justicia para tanta y tanta victima del franquismo, e igualmente una comprobación de que los franquistas pudieron vencer militarmente, pero nunca consiguieron convencer. Puesto que quienes ayer fueron los vencidos y aplastados, hoy por simples designio de la historia y de la voluntad de las personas son los auténticos vencedores. Reconozcámoslo así, y reparemos los ingentes daños ocasionados en la medida de lo posible, especialmente teniendo en cuenta que a diferencia de los fascistas alemanes e italianos y ahora más recientemente de los chilenos y argentinos, los responsables directos de tanta barbarie, algunos de los cuales todavía viven, nunca han sido juzgados y condenados por sus crímenes, lo que hubiese supuesto la debida y más importante reparación histórica para sus victimas. Siempre con la expresa voluntad de obrar así por razones morales, éticas y de plena justicia en manera alguna revanchistas. Las victimas de 40 años de ignominia nos lo deben.