Amaba tanto a la humanidad que para ser consecuente con su cristianismo pasó a militar en la Teología de la Liberación. Quería tanto a las comunidades empobrecidas de Chalatenango que para estar a la altura de su sentido de la justicia formó parte del movimiento popular y de la resistencia a las dictaduras. Era un tipo íntegro que supo conjugar fe y compromiso social. Su ciclo biológico ha muerto en Guatemala, pero su verdadera muerte como su verdadera vida ha sucedido en Guarjila y en Arcatao, en medio de su gente. Jon Cortina siempre tuvo un secreto, incluso en los años pasados de la tragedia siempre vivió en el quinto piso de la alegría.
Con ese título tan poético mi amiga Karin, belga pero sobre todo flamenca, escribió un bonito libro, testimonio de su experiencia como médica en las montañas de Morazán durante la época de la guerra. Ella que lucha exitosamente contra un cáncer, vivió durante años en ese mismo piso. Jon y Karin nunca se conocieron personalmente, pero compartieron las altitudes de la montaña y la alegría de formar parte de un mismo proyecto: la lucha por la dignidad de todas y de todos, en un país cansado de represión y que ya había tocado fondo. Un hombre creyente y una mujer humanista, inquilinos apasionados por la misma casa.
Conocí a Jon Cortina a principios de 1985 en su despacho de la Universidad Centroamericana (UCA). Como era ingeniero recuerdo que entonces estaba diseñando unos puentes para que las comunidades de Chalatenango pudieran cruzar los ríos. Enseguida descubrí que era un jesuita con un lado de científico y otro de activista social. Pero él era parte de un equipo, junto con Jon Sobrino, Ellacuría, Moreno, y otros compañeros de la región, hicieron de la «provincia centroamericana» la referencia estrella de la Compañía de Jesús. Desde entonces lo fui viendo con alguna regularidad, en espacios políticos como la firma de la paz en el castillo de Chapultepec en México, y en otros lúdicos como aquellos en que com- partíamos en casa de Ignacio Sodupe, entonces responsable de la ONGD Hirugarren Mundua ta Bakea en El Salvador, manjares de la tierra y canciones corales. Era un hombre cercano, que transmitía serenidad y paz en un ambiente de guerra.
Lo interesante de Jon Cortina es que habiendo hecho de la solidaridad el eje de su vida, había hecho un viaje profundo al interior de las comunidades y de la pobreza. Y que en ese viaje compartía tareas con gentes diversas que al estilo de Karin lo hacían por distintos motivos, configurando así un universo ecuménico donde las creencias, lejos de ser fronteras sectarias, eran motivo de enriquecimiento mutuo, de sinergias. Les unía una ética de la pobreza, y el haber dado un paso sin vuelta atrás a la vida compartida con los más pobres de los pobres, los mediomuertos, los mediovivos, siguiendo con el lenguaje del poeta Roque Dalton, y el lema de Martín Buber al decir «El afán por lo justo no puede realizarse en el individuo, sino sólo en la comunidad humana».
La solidaridad de Jon Cortina no era el actuar por la simple compasión sino la expresión de un pensamiento radical que va a la raíz de los problemas; de un pensamiento multidimensional; de un pensamiento que concibe la relación entre el todo y las partes, y es capaz de descubrir las causas estructurales del estado de pobreza de las mayorías salvadoreñas. Su solidaridad es la recreación cotidiana a través de la relación con el otro, de valores humanos que construyan nuevas relaciones sociales, sentimentales, el diálogo y el afecto, la imaginación y el gozo, una nueva mirada del mundo y de la vida. Esta solidaridad debería ser el principio vector de una lucha implacable contra la pobreza y la marginación, contra una desigualdad desbordante. Lo humano del hombre y la mujer es desvivirse por el otro hombre y la otra mujer, diría Levinas. ¿Un ideal ingenuo? No, más bien es la última oportunidad. Como dice el tango el mundo está hecho una porquería y sabemos lo que hay que hacer; se trata de cambiar la vida. A ello se dedicó Jon Cortina.
Era tan excepcional como hombre común en aquellas cosas que le hacían ser un tipo normal: amaba al Athletic, sufría y gozaba con su equipo. Aunque no he sabido si era tan forofo como Jon Sobrino, quien estando encerrado en la Iglesia catedral de San Salvador con cientos de mujeres y hombres, sitiados por el Ejército que tiraba con bala, se subió a la torre para direccionar la antena de su pequeña radio de onda corta para escuchar “Tablero deportivo” un domingo de partido. Estos jesuitas eran y son así: unos tipos con dos religiones.
Ahora Jon Cortina ha muerto y Karin vive, y vivirá muchos años. Y le contaré que cuando ella caminaba por los montes de Morazán, un hombre de fe apasionado por la justicia andaba por Chalatenango haciendo de sus misas asamblearias una escuela de conocimiento y de valores morales. -