Javier Ortiz
Iritzia
Diario de Noticias de Álava
Los estudiosos de la influencia de los medios de comunicación en la conformación de las llamadas opiniones públicas tienen en Euskadi un escenario de muy particular interés para sus investigaciones. Suele darse por hecho que, en nuestras sociedades mediáticas, son los medios de comunicación los que determinan, en primer lugar, qué es real y qué no es real, y, en segundo término -y ya dentro de lo que ha quedado establecido como real- lo que merece aprobación y lo que debe ser rechazado por inadecuado, inmoral o injusto.
Como suele suceder con casi todos los tópicos, éste también tiene lo suyo de razonable. En general, es cierto que los ciudadanos tienden a determinar sus centros de interés dentro del campo de visión que le presentan los grandes medios, y que fijan sus opiniones dentro de la gama de posibilidades que le ofrecen los creadores de opinión más conocidos y reconocidos. Pero esto, con ser verdad en términos generales, no constituye ninguna ley absoluta. El caso de Euskadi lo ilustra de manera muy particular. Desde hace años, buena parte de la ciudadanía vasca viene evidenciándose como consumidora preferente de mercancías mediáticas a las que no atribuye apenas solvencia política, o que incluso le producen un fuerte rechazo en tanto que creadoras de opinión. Hablo de decenas, de cientos de miles de vascos y vascas que leen periódicos, oyen emisoras de radio y ven cadenas de televisión que sostienen líneas editoriales de las que disienten tajantemente, sobre todo en lo que afecta a su identidad nacional. Son abertzales que consumen mercancías mediáticas militantemente españolistas.
Mercancías que, según todas las trazas, apenas ejercen influencia política sobre ellos. O que la ejercen por la vía negativa, reforzando sus convicciones políticas previas. El fenómeno ofrece un particular interés por lo que tiene de constante y sistemático, pero ha sido también perceptible de tanto en tanto en otras comunidades nacionales, incluso dentro del propio Estado español. Es digno de mención que la impresionante huelga general del 14-D de 1989 fuera secundada en España de manera masiva pese a que la práctica totalidad de los grandes medios de comunicación se opusieron a ella. Tampoco lograron mayor atención los muchos medios que se mostraron comprensivos años después con la intervención norteamericana en Irak. Recientemente hemos constatado el alto grado de impermeabilidad de las opiniones públicas de varios estados europeos ante la propaganda abrumadoramente favorable a la llamada "Constitución Europea". Puede todo esto interpretarse como otras tantas confirmaciones de lo que señaló muy proféticamente Abraham Lincoln en su día, cuando dijo que "es posible engañar a todo el mundo en alguna ocasión, y cabe también engañar a alguna gente todo el tiempo, pero es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo".
En el caso de Euskadi, se diría que la observación tiene un carácter más amplio: tal parece que la mayoría no se deja engañar casi nunca. Pero, si es así, ¿cómo entender su empeño en seguir atendiendo a lo que escriben, cuentan, filman y machacan los grandes medios españolistas? ¿Por qué lo más sustantivo de la ciudadanía vasca no se inclina netamente, de una vez por todas, del lado de los medios de comunicación autóctonos, que los hay, y que atienden mejor sus preocupaciones, sus intereses y sus puntos de vista? La pregunta no sólo tiene sentido, sino que apunta a varios aspectos clave de la cuestión.
Hay que plantearse, en primer término, en qué medida las importantes diferencias políticas que separan a la mayoría de la ciudadanía vasca de los grandes medios españolistas de comunicación legibles, audibles y visibles en Euskadi se corresponden con diferencias ideológicas de la misma entidad. Me refiero a diferencias de concepción del mundo, de valores sociales, de entendimiento de lo que conviene o no en las relaciones laborales, o de vecindad, o de barrio, o de afectos y desafectos. De todo lo que afecta a la vida social pero que no se suele catalogar -erróneamente- como política. Es posible que en todos esos terrenos haya mucha más comunidad de criterios y actitudes de lo que la estricta valoración política formal podría dar a entender.
Está luego el hecho -no menos penoso, no menos notable- de que casi todos los medios de comunicación que se conciben a la contra de los más poderosos suelen poner mucho más empeño en dejar constancia de su militancia que en cumplir decorosamente con su deber de informadores y formadores. Lo cual tiene a menudo bastante que ver -me consta- con lo magro de su potencial económico, pero no siempre. Hay aficionados al humor negro que dicen que en algunas comunidades es obligatorio contar con dos medios de información: uno para saber cómo hay que analizar lo que está pasando... y otro para enterarse con un mínimo de detalle de qué es lo que está pasando. Cada vez somos más los profesionales de la comunicación dotados de algún sentido crítico que no aceptamos que la respuesta al Gran Tinglado de la Gran Mentira -digámoslo así, con cuantas mayúsculas haga falta- pueda consistir en un largo memorial de agravios y una aún más larga ristra de contundentes improperios.
No basta con que nos rebelemos contra quienes nos engañan. Debemos demostrar que es posible contar las cosas sin engaños y demostrarlo del único modo eficaz: en la práctica; haciéndolo. Y que quien realmente esté buscando eso lo demuestre respaldando ese esfuerzo. Y que queden en evidencia quienes lo único que quieren es tener delante medios de comunicación contra los que murmurar para mejor disimular que en el fondo tampoco hay nada importante que los distancie de ellos.