Ya lo dijo José María Aznar, aún antes de ser Presidente: “Quien no se sienta español que vaya al psiquiatra”. El actual Ministro socialista de Defensa afina e insiste: “Al que se pregunta qué es España, le digo que se pregunte quién es él, que se busque un psiquiatra y a los demás nos deje tranquilos “(Declaraciones a Punto Radio recogidas por la Agencia EFE, 12 de octubre de 2005: Día de la Hispanidad).
Y con su mensaje tenaz, dirigiéndose también a todos sus muy especiales subordinados en el ministerio, seguro que pretende inspirar y reforzar en los actuales tiempos el sentido principal conferido al glorioso ejército español: la salvaguardia de la indisoluble unidad de su Patria, esa entidad cuasi metafísica, con algunos problemas de consistencia, que todos los días necesita ser afirmada en el consciente colectivo, dada la poca fortuna de todos los pegamentos usados hasta ahora en la historia.
El maléfico Plan Ibarretxe y la propuesta de Estatuto para Cataluña. Ante ambos una misma respuesta: el concepto y el vocablo “nación” sólo puede entenderse como una referencia meramente cultural y sin efectos políticos, que sí los tiene –faltaría más- cuando hablamos de España, un “ex cathedra” político irrefutable ¿Y por qué sí? Hombre, es tan evidente que… ¿cómo puede usted preguntarlo? Si no lo entiende, pues… ¡váyase al psiquiatra¡ Semejante pretensión es simplemente un desvarío, una malformación de la inteligencia Para otros tal afirmación es excesiva y si bien se concede el certificado de cordura se indica, por si acaso, que “no es oportuno”; (“Pepiño” Blanco, secretario de organización del PSOE). Esto de la soberanía no es cuestión de niños o locos.
Se muestra una vez más en escena ese imperialismo cultural español que ha lastrado y sigue lastrando todo lo que, sin duda, la nación vecina ha contribuido en la historia universal y pudiera enriquecer en un futuro inteligente. Continúa, desgraciadamente, ese estilo rancio en el que cualquier oferta abierta al diálogo, el acuerdo y la concordia se encuentra ante el trágala y el “ni hablar”. Donde lo decisivo pretende ser la fuerza y no la voluntad de los ciudadanos. Sin que se sepa distinguir con un mínimo de finura entre sentimientos, convicciones, proyectos y compromisos políticos: respetando los primeros y construyendo con respeto y acuerdos los segundos.
Algún parapsicólogo y original espiritista afirma en estos días que, ¡no los vayamos a creer, lo que sucede no es cosa nueva, sino mera repetición de historias viejas! Más aún, afirma con toda seriedad y convicción, que ciertos personajes de hoy no son sino cuerpos más o menos jóvenes en que se encarnaron espíritus viejos, algunos de ellos bien conocidos en la historia. Así, señala con ánimo de persuasión que el hoy silencioso Jaime Mayor Oreja no es sino la reencarnación de aquél Duque de Alba que, otra vez en la eternidad, fracasa con su política de mano de hierro contra los rebeldes del norte y jubila sus días –de nuevo- fracasado, incomprendido y frustrado; que aquél Hernán Cortes, gallardo espadón que tantas glorias dio a las Españas, inspira a otro extremeño vehemente, de mirada fiera y verbo agresivo, dispuesto a la conquista de territorios, ofreciendo quemar naves y ni un paso atrás. Le susurra al oído: “Tenga cuidado, vuesa merced, que estos bascongados son gente peligrosa; recuerde, si no, cómo tras tantos esfuerzos nuestros por conquistar y darle un alma cristiana a los territorios indios de las Américas, fue precisamente un descendiente de aquellos –un tal Simón Bolivar- quién, en su locura, nos los arrebató pretendiendo crear una América libre y unida; a punto de crear una nación en todo el sur de aquél inmenso continente, tierras de las Españas en las que sólo entonces no se ponía el sol”.
En ayuda espiritual, de tarea tan excelsa, diversos obispos y arzobispos que animaron la iglesia del medioevo repiten modos y entretienen sus homilías en bodas de estado para modernos príncipes junto a la condenación de quienes no son sino herejes y libertinos (entre ellos a esos que se les llama ahora homosexuales), los cuales no merecen una palabra conforme al evangelio. Y, al tiempo que dan acomodo eclesial a los poderosos, asumen razones de Estado, del Imperio en el que sienten y creen, cuyo sentido comparten activamente anatematizando a los otros herejes, los separatistas.
Pero tampoco es este un mal ibérico. Europa, como otros entornos, está bien sazonada con la historia de siempre, del grande por más fuerte, que reclama para sí el goce exclusivo de ser nación, y del que parece débil pero afirma –en un pretendido desvarío- su realidad con realismo y paciencia, pasito a pasito, aguantando las tarascadas del poderoso que, por tan impresionante y engreído, acaba fracasando en su torpeza.
El rumano E. M. CIORAN recuerda sólo una parte sustancial de la verdad al expresar que "no se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más" (“Ese maldito yo”). ¡Otro nacionalista exacerbado!, se dirá, ¡un atormentado por la muerte y el sinsentido de la vida, que proyecta su locura en lo colectivo; como todo nacionalista… semilla de la intolerancia, el fanatismo…y la muerte! El búlgaro Elias CANETTI, contesta con su personal serenidad y apostilla: “La superación del nacionalismo no está en el internacionalismo, como muchos han pensado hasta ahora, porque hablamos distintas lenguas. Está en el plurinacionalismo" ("La provincia del hombre"). Que sí, responde nuestro paisano Miguel de Unamuno: “Lo universal es enemigo de lo cosmopolita; cuanto más de un país y de una época sea un hombre, es más de los países y de las épocas todas" (“Vida de Don Quijote y Sancho”). Pero frente a las debilidades que pueden aquejar a todos, nacionalistas de imperio o de sufrimiento, de terruño grande o pequeño, el escritor británico H. G. WELLS sopla a todos en la oreja, también al nacionalista español: “El último país que podemos ver claramente (…) es nuestro propio país. Es tan difícil ver el país de uno como verse la nuca. Se encuentra muy detrás de nosotros, muy dentro de nosotros” ("La investigación sublime") El austriaco Robert MUSIL, que noveló las desgracias finales del Imperio Austro-Húngaro, asiente con seriedad y avisa: "Un patriota verdadero nunca debe considerar su patria como la mejor del mundo" ("El hombre sin atributos"). Acompaña al coro el moravo Milan KUNDERA, exiliado de su patria por la brutalidad militar del imperio soviético ruso, señalando maravillosamente: “Lo que distingue a las naciones pequeñas de las grandes no es tan sólo el criterio cuantitativo del número de habitantes; es algo más profundo: su existencia no es para ellas una certeza que se da por hecha, sino siempre una pregunta, un reto, un riesgo; están a la defensiva frente a la Historia, esa fuerza que las supera, que no las toma en consideración, que ni siquiera las percibe” (“El telón”).
Pero no les hagan mucho caso. Todos ellos se encuentran pendientes de su paso por el psiquiatra. Bono dixit.