Daniel Innerarity
Iritzia
Diario de Noticias de Álava
T ODO el fenómeno que se expresa, con mejor o peor fortuna, en el llamado movimiento antiglobalización indica que existe algo así como un terreno por conquistar, un dominio de nadie. Las mismas ambigüedades de este movimiento ponen de manifiesto que, del mismo modo que la política establecida carece de respuestas a las cuestiones que plantea un mundo radicalmente modificado, las protestas convencionales tampoco tienen esas soluciones. Por eso la globalización produce unos enemigos que tienen pocas cosas en común: proteccionistas, ecologistas, líderes religiosos, fundamentalistas, anarquistas. También son heterogéneas sus preocupaciones, que pueden ser la privatización de los servicios públicos, la destrucción del medio ambiente, el cuestionamiento de las conquistas sociales, la especulación financiera o el imperialismo cultural. Pero también hay otras inquietudes menos confesables como la desprotección económica de los intereses nacionales, la pérdida de la propia hegemonía o el miedo a la emigración. El elenco de las protestas tampoco nos dice mucho acerca de la verdadera significación del malestar.
Además, el de antiglobalización es uno de esos conceptos que estropean cualquier debate, que no ayuda en absoluto a entender el mundo actual y sus deficiencias, que difumina las contradicciones de ese movimiento y las del asunto que se pretende criticar. Los conflictos de fondo que actúan de medio de los procesos de globalización son complejos y no se pueden reducir a la escenificación entre buenos y malos. La globalización no es un hecho claro ni monolítico, sino que ofrece muchos rostros, algunos de ellos contradictorios. La globalización económica es rechazada por la mayoría de sus críticos, mientras que casi todos estarían a favor de la mundialización de la educación, de la solidaridad o de la información. Buena parte del desgobierno económico se debe a que el mundo, por así decirlo, no está suficientemente globalizado y se puede producir en un lugar donde no hay derechos sindicales lo que se vende en una zona de elevado consumo. El principal problema de muchos no es que estén demasiado integrados en la economía mundial, sino que no lo están suficientemente. También los que se oponen a la emigración son antiglobalizadores. Con frecuencia se dan combinaciones perversas de globalización selectiva , como combinar una política de mercados abiertos con la xenofobia estatal, un comportamiento adaptativo hacia fuera, frente a los mercados mundiales, y autoritario hacia dentro. Y quien se manifiesta en contra de la globalización, en el fondo, combate por la globalización de los derechos humanos, de la protección del medio ambiente o de los derechos sindicales.
Por eso, los más clarividentes se han definido a favor de otra globalización, de unas relaciones económicas, políticas, culturales y sociales diferentes del paradigma de la globalización realmente existente, por un mundo tomado en serio, es decir, pensado y articulado sobre el reconocimiento de su diversidad e interdependencia. ¿En qué consistiría entonces la virtualidad de las protestas contra la globalización? Yo lo sintetizaría en la idea de que gracias a ellas el mundo se ha convertido en un lugar públicamente vigilado. Las dinámicas contestatarias han constituido la entrada de las sociedades en el debate político internacional. El espacio público internacional es ya algo más que una recopilación de sondeos; ha configurado instancias que se expresan e interpelan y, sobre todo, se está formando un nuevo sujeto, la humanidad global, que es la evaluadora última de las prácticas políticas. Por supuesto que no hay que hacerse demasiadas ilusiones. La opinión que irrumpe sobre la escena internacional no es el contrapoder ideal, una fuerza eficaz que pueda contradecir el poder de los estados. Pero esta intrusión y vigilancia ya contradice el mero juego del poder. La mediación de la opinión actúa incluso en ocasiones como fuerza que reequilibra las desigualdades de fuerza. La política internacional se ha beneficiado durante mucho tiempo del beneficio de la ignorancia. Los estados podían permitírselo casi todo cuando apenas se sabía lo que hacían. El golpe del ejército soviético en Budapest el año 1956 tuvo menos resistencia que el que se repitió doce años más tarde en Praga. Para entonces la televisión se había instalado en los hogares europeos y la imagen de los carros desplegados por el Pacto de Varsovia contribuyó a forjar el comienzo de una opinión pública internacional. El actual conocimiento de los asuntos exteriores es el primer paso para introducirlos en un espacio de debate en el que cualquiera puede tomar partido fuera de toda tutela gubernamental y de todo alineamiento patriótico.
Vivimos en un mundo que rechaza la excusa del secreto, que desearía modificar profundamente el sentido de la diplomacia para insertarla en una pública discusión. En estos últimos años se ha popularizado la idea de una diplomacia pública que sustituye las viejas prácticas del secreto por un marketing que corteja a la opinión pública. Este cambio de estrategia corresponde al hecho de que el poder ha sido puesto bajo la vigilancia activa de una opinión celosamente solicitada. Cada vez es más difícil apelar a la democracia sin buscar la adhesión de la opinión pública, sin aceptar abandonar una parte del propio poder al juego de la deliberación colectiva. El siglo XX no ha terminado con los estados pero sí que ha acabado con el monopolio del que disfrutaban en su calidad de actores internacionales. Dicha desestatalización se corresponde con la creación de un espacio público de libre discusión y de compromiso en el seno del cual todos somos testigos de genocidios, vulneraciones de la legalidad, opresiones de todo tipo, desigualdades, etcétera. La mundialización es también un espacio de atención pública que reduce sensiblemente las distancias entre testigos y actores, entre responsables y espectadores, entre uno mismo y los demás.
Los nuevos actores, en la medida en que vigilan y denuncian, desestabilizan cada vez más la capacidad del poder para imponerse de forma coercitiva. Ningún estado es propietario de su imagen. La humanidad observadora participa directamente en el debate que funda el espacio público mundial y actúa en nombre de una legitimidad universal, de modo que ningún estado puede hacer abstracción de esa mirada posada sobre él. La nueva responsabilidad internacional de los estados obedece a que la humanidad se impone cada vez más como una referencia de la acción internacional.