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2005
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Camino de Lizarra

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Iraila 08 | 2005 |
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1996 fue un año lleno de acontecimientos. El Partido Popular ganaba las elecciones generales y, por ende, el PSOE pasaba a la oposición tras catorce años en el poder con un balance de luces y sombras (como siempre). Tras los primeros instantes de euforia ("Pujol enano, habla castellano"), llegó el momento del recuento de votos para la derecha. Y, realizada una pequeña operación aritmética, José María Aznar se puso a hablar «catalán en la intimidad», y el muy honorable president de la Generalitat pidió la cabeza de Alejo Vidal-Cuadras, el jefe de la derecha española en Catalunya, que le fue entregada por el PP en bandeja de plata (como en una tragedia bíblica).
Desde el punto de vista interno, el PNV vivía un período de calma, a pesar de algunos incidentes (menores), como el protagonizado por el ex alcalde de la capital vizcaína José María Gorordo Bilbao. En Bizkaia, sobre todo, había recuperado gran parte del terreno perdido. En Araba, a pesar de que estaba a punto de cerrarse el "ciclo Cuerda", la situación organizativa volvía a su cauce. Incluso en Navarra se conseguían algunos avances, incluidas algunas alcaldías. En Gipuzkoa, al PNV, por un lado, le costaba despegarse de EA (que reclamaba su "primogenitura" en municipios relevantes, incluido Donostia) y mantenía su pugna con la izquierda socialista radical por conseguir la primacía en el etéreo campo aber-tzale. Aún así, también aquí se había recuperado mucho terreno perdido. De esta forma, Román Sudupe, que había presidido el EBB en momentos críticos, resultaba elegido diputado general de Gipuzkoa.

La debilidad del último Gobierno de Felipe González (1993-1996), por otro lado, había permitido mejorar la capacidad negociadora del PNV en Madrid. Tras la victoria del PP, esta capacidad, aparentemente, se redujo al no ser imprescindibles sus votos. Con el respaldo de Convergencia y Unión y Coalición Canaria, los dos partidos "drusos" de la política española (los drusos, por religión, están siempre con el poder), José María Aznar se garantizaba una legislatura tranquila. Aún así, el nacionalismo vasco firmó un innecesario pacto con el PP, a cambio de promesas estatutarias (que jamás cumplió) y de poco más. Eso sí, la derecha española consiguió que votase a favor de la investidura de Aznar más del 60 por ciento de la representación de la ciudadanía de la CAV, que contrasta con el más del 80 por ciento que la rechazó.

Desde el punto de vista autonómico, se generaban procesos y sensaciones distintas e incluso divergentes. La asunción en plenitud de las competencias en materia de Industria, por ejemplo, sentó las bases de una lenta (pero firme) recuperación económica con índices de crecimiento superiores a la media estatal. Y eso que los socialistas habían reservado para la Sepi (antiguo INI) algunas empresas públicas, como La Naval o Babcok & Wilcox (hoy, en crisis) y seguían negándose a transferir las competencias en materia de empleo y la investigación científico-técnica. Para evitar las diferentes interpretaciones, en 1995, se alcanzó un consenso en el que participaron todas las fuerzas vascas excepto el PSOE, a partir de una serie de "fichas" elaboradas por el a la sazón consejero de Presidencia Joseba Zubia. Se trataba de cumplir el pacto de Ajuria Enea (apartado 2), firmado siete años atrás.

Claro que los pactos en los que interviene el poder central (y sus partidos) tienen, desde 1839, la coletilla de los "sin perjuicios", que significa, más o menos, hagamos un pacto y ya veremos cómo, cuándo y hasta dónde lo cumplimos. La primera gran ley abolitoria de los Fueros (1839) comenzaba con un "se confirman los Fueros (…) sin perjuicio…". Y, por ejemplo, para evitar "perjuicios", por un lado, se implantó la Guardia Civil (véase el libro de Diego López Garrido, "La Guardia Civil y los orígenes del Estado centralista") y, por otro, la "escuela nacional" para que todos nos comportásemos igual, pensásemos igual y hablásemos la misma lengua.

En 1997, ETA había iniciado una campaña de secuestros. Al empresario Cosme Delclaux, se sumaron los del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y el concejal del Partido Popular de Ermua Miguel Ángel Blanco Garrido, un joven economista primogénito de una familia de inmigrantes gallegos. A cambio de su liberación, los secuestradores pusieron condiciones y plazos imposibles. Miles de personas de toda edad, condición e ideología salieron a la calle para pedir a ETA que no cumpliese la sentencia de muerte. Todo inútil. En un acto de crueldad supina, Miguel Ángel Blanco Garrido fue ejecutado sin piedad.

En medio de la rabia y del dolor, haciendo uso partidista del llamado "espítiru de Ermua", tanto el PP como el PSOE y sus medios e intelectuales afines comenzaron una campaña sin precedentes contra el PNV, a quien colocan en el origen del asesinato del concejal. Cada artículo, editorial, libro, conferencia,… en los que se hablaba de ETA, tres líneas o dos párrafos más adelante. La campaña fue de tal dureza que algunos en el PNV estaban convencidos que el movimiento anti-ETA arrastraría al nacionalismo hacia su final. La manipulación alcanzó límites insospechados. Yo recomiendo vivamente a que se repasen las colecciones de los doce meses que siguen al hecho de, por ejemplo, "Abc", "El Mundo", "El Correo Español", "El País",… para constatar, primero, el tono e intensidad de la campaña,…y, después, el momento cronológico en que esta comienza.

Financiados generosamente por el Gobierno del Partido Popular, surgieron foros y plataformas, cuya finalidad última siempre era la misma: acabar con el PNV y desmontar los "mitos" con los que se había alimentado el perverso nacionalismo. Y, para conseguir esto, todo era lícito. Incluidas la mentira y la manipulación. Repásese la "Historia General de la Villa de Ermua. Del Paleolítico al asesinato de Miguel Ángel Blanco" en la que, por ejemplo, se dice que el sacerdote Domingo San Sebastián Lapeyra (no "Laperia"), organista de la parroquia de Ermua, fue propuesto para un ascenso por el Ayuntamiento fascista. La realidad es que don Domingo (mi tío) fue detenido por requetés cuando se encontraba en el púlpito predicando, llevado a Bilbao y juzgado sumariamente. El fiscal militar pidió para él dos condenas a muerte. Como declararon a su favor algunos carlistas ermuarras (que contaron como el párroco, don Críspulo Salaverria, y el "premiado" coadjutor, ambos abertzales, habían salvado sus vidas), las condenas a muerte fueron conmutadas y, tras un tiempo en la cárcel del Carmelo (Bilbao), fue condenado a veinticinco años de destierro en Avilés (Asturias). Ni que decir tiene que los sacerdotes represaliados fueron sustituidos por capellanes de requetés (que, luego serán elevados a los altares por los augures de la "aznaridad": hojéese la "Sacra Némesis" de Jon Juaristi).

El PSOE comienza a distanciarse del PNV, rompiendo el acuerdo tripartito en Araba. Si hacemos caso a la periodista hispano-chilena Isabel San Sebastián (nada que ver con la rama de la inclusa de Donostia, a la que me honro en pertenecer), los socialistas vascos aceptaban ya el liderazgo de Mayor Oreja, hombre providencial que debía salvar al país de no-se-qué contubernio. Nótese que, hasta el momento, no se ha mencionado el Pacto de Lizarra.

En este ambiente, el lehendakari Ardanza realizó una propuesta para buscar una salida al conflicto y que obtuvo como respuesta el desprecio del PP y el rechazo del PSOE. El PNV no podía mantenerse quieto y comienza la gestión de lo que será conocido como Pacto de Lizarra. Una amarga lección que tuvo como principal objetivo el final definitivo de la violencia. Aún así, ETA decretó un alto el fuego que duró catorce meses.

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