O declaraciones y contradeclaraciones animadas por los periodistas de guardia favoreciendo la instrucción de los becarios que preparan su futuro desembarco profesional, así como el entretenimiento playero que requerimos para pasar el tiempo con algún tema de conversación a añadir a la información meteorológica, las camisetas negras de nuevo diseño del Athletic y su poco esperanzadora pretemporada o a los abundantes cotilleos rosa que nos rodean.
Así, en este escenario festivo, una de las muchas controversias que han saltado a la opinión pública (reconozcamos que superada por nuevos acontecimientos) ha sido, nada más y nada menos, algo nada trivial y de extraordinaria trascendencia en nuestras vidas diarias aunque parezca cosa de políticos y que exige de nuestra reflexión sensata, análisis profundo, coraje político y social y que, además, nos acompañará durante toda nuestra vida: autonomía, autogobierno, co- soberanía o independencia. Por encima de conceptos y palabras, una u otra modalidad suponen una manera diferente de convivir, de decidir, de gestionar nuestras vidas y sus respectivos marcos económicos, políticos y administrativos. También, por supuesto, de la calidad de nuestras playas y los servicios que se presten en ellas, por ejemplo. Por tanto, más allá de una típica serpiente de verano (debo reconocer que dada su trascendencia, he dudado si tratarlo aquí y ahora) estamos ante un debate permanente que la sociedad (la vasca, en este caso) habrá de ir definiendo a lo largo de su cambiante historia.
Es decir, que si bien no es el asunto más apropiado para analizar entre toallas y tumbonas, sí parece conveniente abordar e intentar contribuir con un pequeño grano de arena (nunca mejor dicho) ante esta confrontación aparente, en esta ocasión, ya no entre ideologías dispares alineadas en bloques partidarios claramente diferenciados sino entre los propios militantes y simpatizantes de un mismo partido político o partidos situados en una misma franja. Al parecer, asistiríamos a una confrontación irreconciliable entre cosoberanistas versus independentistas. Alinearse en el primer grupo sería sinónimo de renuncia a decidir nuestro futuro en plenitud, limitarnos a una autonomía claramente cuestionada y de tintes "igualitarios a la baja" y, por extensión, pactista con el poder central y los partidos políticos de inspiración y obediencia nacionalista española y francesa… Por el contrario, la opción independentista sería sinónimo de radicalidad e intransigencia, de "vivir de espaldas a la realidad y modernidad de la globalidad en que vivimos" y una clara apuesta por las cavernas y la compañía de los ilegales que destrozan (hoy en pleno verano, por decir algo) nuestras fiestas y pueblos…
Ni una ni otra. Conviene recordar que quienes nos proclamamos nacionalistas vascos y militamos en diferentes organizaciones democráticas, más allá de definiciones precisas, ponencias internas y estatutos, de obligado cumplimiento, aspiramos a la independencia. Independencia que, en todo el mundo, está condicionada por el contexto económico, político, social, administrativo en el que, en cada momento cambiante, nos desenvolvemos. Adaptarse a la realidad no puede suponer, por tanto, ni renunciar a principio y aspiración alguna, ni pragmatismo perenne, ni acomodación o posibilismo paralizante. Hoy en día, el contexto de la globalización económica fortalece, a su vez, las comunidades locales en un nuevo orden de relación, propicia la interdependencia económica -desde la libre decisión y adhesión, en su caso-, hace imprescindible tejer nuevos marcos comunes, propicia y demanda nuevos instrumentos de gestión y marcos político administrativos más allá de las estructuras históricas y vigentes, aconseja nuevas formas de innovación administrativa y gobierno y nuevos modos de participación política, y permite rediseñar nuevos entes menores perfectamente viables desde un punto de vista económico y de bienestar. Esta viabilidad de los pequeños jugadores hace perfectamente realista aspirar a una independencia desde la que se establezcan todo tipo de compromisos, acuerdos, vínculos, relaciones solidarias, y de acompañamiento con otras unidades libres similares. Este mundo relacional supone un nuevo modelo mental competitivo, en el que conviven la competencia y la colaboración entre las partes según el objetivo, el ámbito de actuación, la configuración de nuevos espacios, y los retos de bienestar y desarrollo.
Dicho esto, el "agiornamiento" que algunos proclaman estos días es posible con múltiples estadios intermedios (autonomía, cosoberanía, etc.) que respondan a la voluntad de los ciudadanos y es función de los marcos cambiantes en cada momento. Es y será la propia sociedad vasca quien decida, en cada momento, su mejor opción. A partir de dicha decisión, la correlación de fuerzas, los tiempos y los contextos en que se produzca, posibilitarán su traducción práctica de una u otra manera más o menos extendida. Así, cuando el nacionalismo 2000 del EAJ-PNV, por ejemplo, en un contexto de apuesta por la construcción de una Europa de los Pueblos que parecía desprenderse de la superación del estado-nación ante el mercado interior, la supresión de fronteras, la moneda única, las relaciones exteriores "interiores" y la defensa europea única, propiciaba la no estatalidad vasca, se trataba de una propuesta razonable adecuada a la realidad que se conformaba. Cosa diferente es, por ejemplo, ante la reinvención y fortalecimiento de los viejos y caducos estados- nación que se empeñan en construir una Europa de los Estados . ¿Por qué Euskadi no puede aspirar a formar parte de la nueva Europa desde un status similar al de Chequia, Eslovaquia, Chipre, Malta, las Repúblicas Bálticas, Luxemburgo o Flandes (incluso) por citar algunos pequeños y nuevos jugadores?
Es decir, más allá de palabras y etiquetas , el futuro se construye a partir de nuevos modelos mentales, de aspiraciones individuales y colectivas, de motivación, esfuerzo, proyectos compartidos y liderazgo. Un largo camino por recorrer, cuya última estación ha confluido en los términos de la propuesta de nuevo Estatuto aprobado por el Parlamento vasco, vigente en tanto una nueva mayoría de nuestra sociedad no decida lo contrario.
De momento, concluyamos nuestras vacaciones. Disfrutemos de un merecido descanso y recarguemos las baterías para el nuevo curso. Huyamos de confrontaciones que esperemos artificiosas y fruto de una serpiente de verano. Retrasemos setiembre lo más posible y afrontemos un nuevo curso político con tranquilidad, apertura de miras y enfoque positivo centrado en las soluciones y no en las dificultades, recelos y trabas del pasado.