No se puede, por tanto, despreciar el gesto de ETA por más que responda a una decisión tomada hace ya un tiempo y administrada en el momento que la organización armada ha considerado propicio. Pero tampoco conviene echar las campanas al vuelo, porque con su anuncio ETA vuelve a dejar claro que no está dispuesta a abandonar su papel de garante del presunto proceso de paz, un papel que se arroga como árbitro que decide quién puede seguir viviendo y quién no, un papel que nadie le ha asignado y que la inmensa mayoría de la sociedad aborrece. Es muy duro vivir con dignidad sabiendo que alguien le está perdonando a uno la vida. Nadie puede saber cuál es el porcentaje de violencia y terror que ETA ha restado tachando de sus presupuestos a los cargos electos. Pero desde el momento en que sigue activa en el porcentaje que sea, la amenaza de la violencia continúa condicionando cualquier iniciativa a la que puedan sumarse todas las fuerzas políticas y es la dificultad máxima para aunar voluntades de solución.
La cuestión, ahora, es quién va a gestionar políticamente el anuncio de ETA. Habrá quien ahonde en la realidad más negativa de lo éticamente repugnante, lo de no matar a unos pero sí matar a otros. Ya lo hicieron cuando hizo pública la tregua para Cataluña sin extenderla a otras o a todas las comunidades del Estado. Habrá quien interprete como el gran pretexto para exigir que se mueva la otra parte, tentación en la que fácilmente puede incurrir la izquierda abertzale, convencida de que ETA ha actuado con responsabilidad y hasta con magnanimidad a cambio de nada o de muy poco. Pretexto, por otra parte, que no sería nuevo en quienes aceptan con normalidad política el tutelaje de la organización terrorista.