La convulsión política, en aquel momento, la produjo el triunfo del representante de la derecha xenófoba, Le Pen, sobre el candidato socialista, y primer ministro, Lionel Jospin, que obtuvo, en la primera vuelta, menos votos que el candidato de la extrema derecha. Aquella elección, además de causar una sacudida en los cimientos políticos de Francia, evidenció un malestar profundo contra los gobernantes que gestionaban la V República.
Considero que el resultado de este referéndum es una acentuación de aquel malestar expresado contra la clase política en general, y contra la gobernante en particular.
Existe una percepción generalizada en la ciudadanía de que la clase política, tras pedir insistentemente su voto, recorriendo incansablemente calles y mercados, les margina olvidando sus promesas e ignorando las demandas de sus representados. Especialmente, en Francia, los personalismos desmedidos y las baronías entorpecen cualquier proyecto colectivo favorable al bien común. Dos ejemplos. Un caso significativo ha sido lo ocurrido en el partido socialista. Un partido que ha recurrido a sus bases para dilucidar la postura definitiva ante el referéndum, ante las diferentes posturas existentes tanto en su dirección como entre la militancia. La consulta tiene lugar y arroja un resultado favorable al ‘‘sí’’. El número dos del partido, Laurent Fabius, desoyendo la decisión soberana de sus afiliados, hace ostentosamente campaña por el ‘‘no’’. Es una postura inédita además de escandalosa que aparte de fragmentar a toda una sólida formación, desacredita a los actores de la política. En el caso de la derecha gobernante, los franceses asisten estupefactos a las subrepticias e hieráticas puñaladas que se clavan el jefe de la derecha gobernante, UMP, Nicolas Sarkozy y el presidente de la República, Jacques Chirac, para alzarse al liderazgo en el seno de la derecha, con objeto de competir en las presidenciales de 2007. Ante estos espectáculos tan poco edificantes, que se extienden a escalas menores, crece en las gentes un sentimiento de postergación a los que les someten sus representantes públicos. En vez de estar al noble servicio de las preocupaciones de los votantes, son esclavos de sus ambiciones personales. Ante esta situación los ciudadanos reaccionan y, en esta ocasión, han aprovechado el referéndum para castigar a una clase política que está indignamente a lo ‘‘suyo’’, en nombre de todos. Por otro lado, Francia, también, está aquejada de falta de lideres políticos. Mitterrand, en un alarde de inmodestia, en su película autobiográfica, señala que él fue el último presidente de la vieja escuela de Charles de Gaulle. «Después de mí sólo vendrán financieros, o peor aún, contables». A pesar de lo engreído del personaje lo cierto es que a Mitterrand los hechos le dan la razón porque actualmente existen unos gestores, incapaces de salir de la ciénaga de las mezquindades, en el contexto de la lucha por el poder inmediato.
La segunda razón, que explica el resultado negativo, la inscribo en los tiempos de cambio que vivimos. En las sociedades desarrolladas toda modificación que altera ‘‘el modus vivendi’’ genera inseguridad y temor al futuro, por lo que ‘‘lo nuevo’’ es rechazado. La creciente inmigración, el espantajo de la entrada de Turquía, la apertura a unos Países del Este, alejados de la mentalidad francesa que competirán en el terreno laboral, las liberalizaciones que obligan a reformas sustanciales a una administración tan estatista como la francesa, los recortes sociales al Estado protector, la prevalencia del modelo social anglosajón, el paro que no se reduce.... son factores que inquietan a una sociedad, instalada en un modelo caduco, poco proclive a adaptarse a los cambios que acarrean los nuevos tiempos. Estos miedos han sido instrumentalizados, con cierto éxito, por el frente del ‘‘no’’, para oponerse al texto constitucional europeo.
Por último, en el capítulo de razones del resultado es preciso señalar que la erosión que la globalización y el proceso de unidad de Europa genera en el Estado-Nación afecta, de modo especial, a un sentimiento nacionalista francés cultivado en la ‘‘grandeur’’. El nuevo campo de juego político supera al establecido hasta ahora, el Estado-Nación, y el que se está configurando además de más amplio es más volátil y genera nuevas inseguridades porque obliga a alianzas y cesiones de soberanía. Francia ya no es la protagonista de antaño y su voz solitaria en las relaciones internacionales es cada vez más inaudible.
Francia ha sido un país que ha ejercido una importante influencia política y cultural en el mundo y ha contribuido de manera determinante al progreso de la humanidad. Los enciclopedistas, los valores de la Revolución francesa, en el siglo XVIII, hasta la profusión de grandes escritores y filósofos, del XIX y XX, han diseminado un humus cultural en el país digno de elogio. Los debates públicos de cierta altura intelectual con la participación ciudadana, excepcionales en España, como la venta masiva de libros relativos al tratado constitucional indican la preocupación y el interés de los ciudadanos por la cuestión planteada. Un exponente claro del influjo francés y su capacidad creadora ha sido la preeminencia de su lengua, hasta hace muy pocas décadas, en las relaciones internacionales. Pero éste es todo un mundo que se esta extinguiendo y los franceses se resisten a ello. A veces, muy torpemente. Sucumben, con frecuencia, a la tentación de proteger y conformar su identidad en base al rechazo de los valores culturales de la nueva potencia política, EE.UU., cuyos aportes han penetrado y esparcido también por el hexágono. En este contexto, hay una parte importante de Francia, tanto en la derecha como en la izquierda, que no le supone ninguna vergüenza contribuir con su inacción al fenecimiento de todas la culturas nacionales que actualmente acoge su Estado, pero no tolera que su personalidad se diluya, en parte, en la casa común europea. No conciben ni en sus peores sueños que Francia se constituya en la Texas, Florida o California de la hipotética Europa federal del futuro.
Creo, humildemente, que los factores señalados han contribuido de modo determinante al resultado del referéndum. Lo más injusto de esta situación, como lo fue en 2002 con Jospin, es que los ciudadanos no han respondido directamente a la cuestión planteada, sino que han utilizado a ésta para expresar su malestar e inquietud por un estado de cosas que les afecta de manera más directa punzante que la construcción europea.