El Correo
Hace ya unos setenta años, nuestros mayores, los Agirre, Irujo, Leizaola, Lasarte y un largo etc. actuaron políticamente frente a las frustraciones de su tiempo, no esperaron el milagro, trabajaron honestamente y abrieron entre incomprensiones camino al autogobierno vasco. Y nunca se arredraron. Al contrario, se posicionaron a favor de la legalidad vigente, a favor de la República, combatieron el fascismo hasta donde pudieron y consiguieron entre interrogantes e incertidumbres el primer estatuto de autonomía en una Euskadi invadida ya por los golpistas. Su actitud se basaba en la esperanza, fue una espera activa y pasaron la página de la historia que estaba en sus manos. Es más, perdida ya la guerra, en tiempos realmente duros y cuando en 1948 Churchill, junto con Adenauer y Spinelli convocaron un congreso en La Haya al objeto de aunar voluntades y sembrar la semilla que luego habría de fructificar en el Movimiento Europeo Internacional, tuvieron esperanza activa, esperaron trabajando, sin rendirse, un futuro mejor. Creyeron y apostaron. Fueron y por eso estamos y somos. Y hoy, generaciones posteriores, si nuestra esperanza también es activa y si esperamos trabajando la senda que otros trazaron, pasaremos también una nueva página y abriremos también la puerta a un futuro mejor. Hablo de valentía y visión de futuro.
Soy ciudadano vasco y pertenezco a un país, Euskadi, que en épocas históricas sufrientes y complicadas, viejas guerras carlistas y civiles, dictaduras de plomo y sacristía y convivencia sociopolíticas difíciles, ha vivido, y vive, a la espera de un futuro mejor. Pero como afirmaba Vaclav Havel, primer ex presidente postcomunista checoslovaco en su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas en París el 27 de octubre de 1992, hay al menos dos maneras de esperar. Una, esperando la llegada de Godot como encarnación de un sujeto exterior definitivo de salvación total y universal. Así la espera pasiva de muchas personas se sitúa intelectualmente, y en la práctica, en esta posición. La otra espera en cambio, apuesta activamente, animada por la creencia de que resistir y vivir trabajando por un futuro mejor es una cuestión de principios, sencillamente porque se debe de hacer. Esta es una espera fuerte y trasciende de la revancha hipotética de una revalorización de esta actitud, desconoce si un día verá brillar el sol o si sufrirá archivo y olvido. Actitud que rezuma audacia y generosidad.
Esperar activamente trabajando por un futuro mejor y de concordia, en el que todos los seres humanos nazcan libres e iguales en dignidad y derechos, sin distinción alguna por la raza, el color, sexo, idioma, religión, opinión, origen, posición o cualquier otra consideración tiene sentido en sí mismo, aunque sólo sea por intentar abrir una brecha y agrietar el paisaje del egoísmo e insolidaridad que agobiadamente rodea nuestra experiencia vital. Un futuro mejor, que entienda la política como la veían en los albores de la democracia los ciudadanos de la antigua Grecia, o sea, como un servicio al pueblo, al ciudadano, al prójimo. Un servicio que nace de la ética. Servicio que tiene la ética como comportamiento y la política como práctica posible y real de la moral.
Esta espera activa en Euskadi se inspira en la firme convicción de que el empeño en articular una sociedad vasca más integrada, más cohesionada, pacificada y reconciliada brotará algún día. Esta espera activa hoy y aquí se basa en la convicción de que en este solar vasco echará raíces una Euskadi reencontrada en sí misma, articulada socialmente y en la que haya cabida para todos y todas, normalizada lingüísticamente y tolerante. Forjadora de su hoy y de su mañana. Y más justa e igualitaria. Esta actitud inequívoca, hoy y aquí, es un estado tenso, es esperanza activa en la convicción de que la rectitud jamás se impondrá con rodeos, ni atajos, ni la verdad mintiendo, ni el espíritu democrático con disciplinas autoritarias sino con permanente reflexión y autocrítica. Esta actitud inequívoca es lo contrario de la desesperanza pasiva. Contrario a lo estéril.
Esperar en tensión activa que germine el brote de grano sembrado es lo contrario de esperar a aquel inexistente Godot. Porque esperar a Godot significa esperar la floración de una orquídea nunca plantada. Y se puede, quizás, perder la esperanza de encontrar una salida a la situación social y política vasca, pero nunca se podrá perder la necesidad de sentir la propia esperanza, aunque Godot, el esperado, no exista y por lo tanto no llegue nunca. Godot es la esperanza de los individuos sin esperanza. No es sino un sustituto de la nada. Una quimera. A lo más, una ilusión quebradiza y pasajera. Esperando a Godot, seguiremos como estamos. Estancados. Pero nunca deja de ser época de siembra. Siembra de vida y de tolerancia, de respeto a la diverso, siembra de cultura de vida civil, de cultura de política honesta, siembra de espíritu humano y de conciencia, de rechazo a la manipulación, siembra de rebelión contra la desesperanza. Siembra de libertad, de justicia y de bienestar compartido, de fraternidad. Siembra de solidaridad y de utopía, de derecho a poder decidir respetuosa y democráticamente, sin complejos ni fijaciones en negativo, nuestro encaje y futuro político, como Euskadi, como sociedad vasca en los conciertos políticos europeos y mundiales. Hablo de autogobierno y de soberanías compartidas. De encajes voluntarios y acuerdos mutuos.
En positivo y en armonía con los demás. Ya no se trata de esperar a Godot, está desprovisto de sentido, es engañarse a sí mismo, es por lo tanto pérdida de tiempo. La otra manera de esperar, la activa, sí tiene sentido, no hace perder el tiempo, sino que lo cumple. Estamos a tiempo. Es hora ya. Ojalá hayamos aprendido a esperar de la misma manera que se aprende a crear. Aprender a sembrar pacientemente, a regar la tierra y conceder a las orquídeas el tiempo que les es propio. Y no cabe la desesperanza impaciente si la siembra y el riego están bien hechos. Basta con comprender que nuestra espera no está desprovista de sentido. No es aburrimiento, es tensión mantenida. Esta espera activa, más que una simple espera, es la mejor herencia que podemos legar a las generaciones que nos sucedan. Hablo de vida, de paz, de normalización y concordia, de respeto a las opiniones diferentes. Hablo también de respeto a la palabra de la sociedad vasca. Los tiempos que corren en Euskadi nos llaman a ello. Las esperanzas reclaman ya recolección y cosecha. Prohibido fallar, obligación de acertar. Godot sobra. Valentía.