Iritzia
03Maiatza
2005
03 |
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Algo sobre la abstención

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Maiatza 03 | 2005 |
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El resultado de las elecciones es siempre fuente inagotable de comentarios; las sumas y las restas son posibles desde varias perspectivas y eso facilita la tarea. Por mi parte no resisto referirme a un tema concreto, la abstención.

Vaya por delante que lo que escribo nada tiene que ver con la formación de un Gobierno para los próximos años.

Hay tres partidos que han perdido votos: EB, PP y PNV. Este último, ha perdido más de 140.000 votos. ¿Dónde han ido a parar? La verdad es que la respuesta es relativa, ya que no es lo mismo comparar los datos de ahora, con los de 2001 -situación de excepción- o los de 1998. Sea una u otra la opción, lo cierto es que hay un comentario generalizado, en el sentido de que el PNV ha perdido votos por el camino de la abstención, algo que no había ocurrido antes.

Si partimos del nivel de votos que el PNV tuvo en 2001, una parte de los votos perdidos ha vuelto a su sitio natural: la izquierda abertzale. En aquella ocasión, la presión de Mayor Oreja, Nicolás Redondo y muchos medios de comunicación crearon una sensación de emergencia que motivó el que una parte de esa izquierda apoyara al PNV. A juzgar por las declaraciones, algunos responsables del PNV pretendían consolidar esa situación. Los hechos han demostrado que esto no es posible. Aquellos votos han vuelto a su sitio; las conexiones entre éllos y el PNV no son tan profundas como algunos creen.

De hecho, la izquierda abertzale se ha consolidado a pesar de todas las presiones sufridas. Además de las adhesiones ideológicas, ha tenido el apoyo de la solidaridad que se genera hacia quienes han sido tratados injustamente. Lo ocurrido con la izquierda abertzale podrá ser legal dentro de una determinada concepción del Estado de Derecho, pero muchos sectores sociales, incluso ajenos al mundo abertzale, no lo perciben así.

Pero este retorno no explica la desaparición de tantos votos. La abstención se ha comportado como un tercer partido.

Hay quienes se han apresurado a decir que esta pérdida se debe al plan Ibarretxe. La periodista Victoria Prego ha escrito: «El plan Ibarretxe murió a manos de los votantes tradicionales del PNV, que lo han dejado caer en silencio». Como élla, otros más. Me parece que es una generalización interesada que no explica suficientemente las cosas.

Prescindiendo de las virtudes del plan Ibarretxe, hay que admitir que, en torno al mismo, se han suscitado muchos interrogantes, cuyas aclaraciones no siempre han llegado al nivel de la calle. Las estadísticas han venido señalando un preocupante nivel de desconocimiento sobre la naturaleza y el alcance del plan, convertido en eje de la campaña. No es de extrañar que algunos votos se hayan retraído. Sin embargo, esto no explica tampoco la pérdida del resto de los votos.

Poco a poco, la gente va diciendo cosas y todo parece confirmar que una parte de la abstención no tiene una relación directa con el plan Ibarretxe o, al menos, éste no es la única causa.

¿Qué es lo que ha motivado el que, en esta ocasión, haya quienes han optado por romper el séptimo sello que garantizaba la integridad del velo protector de la lealtad del voto PNV y hayan preferido el melancólico y discreto silencio de la abstención?

La respuesta no es sencilla; ni siquiera sabría cuantificar si han sido muchos o pocos; me basta constatar que es vox populi´ que así ha ocurrido. Aunque fueren pocos, el que haya sucedido es, a mi juicio, un síntoma que la dirección del PNV no puede olvidar, por importante que sean las urgencias políticas del momento.

Sabíamos de deserciones personales por enfados, pero desde la lejana escisión, nunca habíamos oído hablar de un fenómeno como el que parece haber ocurrido ahora. Grave, porque agrietado el dique, con el tiempo, los destrozos de las fugas pueden ser mayores.

Comprendo que tratar de este tema no es fácil y puede provocar irritaciones. Pero hay que abordarlo y ahora mejor que nunca. Desde mi punto de vista, el tema viene de lejos, de forma que precede al momento de la asunción de responsabilidades por parte de Imaz, cuya presidencia del EBB es de hace pocos meses.

Hace años que empezaron a oírse voces que expresaban inquietud por determinados hechos y comportamientos procedentes del PNV. En otras ocasiones manifestaban pérdida de ilusión; así, podría recogerse una amplia gama de sentimientos. Parecía que todo quedaba ahí, diluido, pero, al final, ha cuajado en parte.

No me parece correcto hablar de una causa, porque, más bien, se trata de un complejo sumatorio, en el que intervienen bastantes factores. Su determinación es más propia de una reflexión interna, que es de esperar se produzca, que de retazos periodísticos, limitados por definición.

Al decir esto, no estoy sugiriendo un debate oculto. Comprendo que un partido político quiera mantener ciertas cosas de puertas adentro, pero sin soslayar las cuestiones que están encima de la mesa, a la vista de todos. Un debate sólido y suficientemente abierto ayudará a despejar dudas que gravitan sobre muchos votantes. Una buena parte de éstas no provienen tanto de las acusaciones e incriminaciones que proceden del nacionalismo español, como de actitudes propias.

El PNV debe aceptar que su trayectoria ideológica, a partir de la transición, ha sido complicada y, a veces, contradictoria. En un mundo cambiante, la elaboración de los conceptos que configuran el proyecto político de defensa de la identidad vasca -cuestión básica- no ha sido el resultado de amplios debates internos, que intentasen la síntesis de las ideas, creencias y aspiraciones de todos, así como de la evolución de la sociedad, sino, más bien, resultado de las manifestaciones de algunos dirigentes, no siempre coherentes. Cabe recordar que la propia Asamblea Nacional, en varias ocasiones, ha advertido estas diferencias y ha pedido prudencia. Estas actuaciones producen unos efectos letales; desorientan. La falta de debates abiertos y rigurosos ha alejado a muchos militantes de significativo relieve social y cultural de la vida de las juntas municipales que, en general, han visto reducirse su vitalidad social.

Apenas hay una producción ideológica y política profunda, que contrarreste todo lo que se dice y escribe desde la acera de enfrente. En los cargos internos y en las instituciones hay militantes que, por su nivel, se supone están en condiciones de tener una participación activa (conferencias, publicaciones), en los grandes debates que nos envuelven. Apenas se sabe de ellos, salvo en cuestiones de la política en corto.

No menos desorientación han producido aquellos sectores que han dado la sensación de querer superar en sus planteamientos a la izquierda abertzale. Quizás han creído que una mayor radicalidad es garantía de un nacionalismo más vigoroso y puro. Pero las cosas no son así. Un nacionalista vasco radical, es sólo esto: radical. En el mundo de Internet, la calidad del nacionalismo no se mide por lo extremoso de los planteamientos políticos, la desmesura de las manifestaciones o por hacer pintadas. Se mide por la capacidad de los militantes de aportar valores culturales de calidad, valores cívicos y valores éticos, a la colectividad humana que se quiere acreditar como nación moderna. ¿Por qué no pensar más en las aspiraciones de la gente de a pie?

No estoy haciendo dejación de los graves problemas que suscitan las actuaciones sistemáticas de los dos partidos nacionales, que han negado el pan y la sal al proyecto autonómico del Estatuto, que tantas ilusiones generó. Aunque estén afónicos de invocar a la Constitución, ellos han sido quienes, al margen de las reglas democráticas, imprescindibles para que funcione la plurinacionalidad que reconoce el artículo 2 de la Constitución, han hecho una mutación escandalosa de ésta, que es lo que explica el malestar catalán y el de aquí. También esto hay que debatirlo y luchar por superarlo, pero aceptando que el ciclo de estas cuestiones es distinto que el del día a día que nos apremia. La responsabilidad sobre estas decisiones tiene que ser sentida y vivida, desde abajo y para ello hay que conseguir que la participación sea muy amplia. Una tarea didáctica y lenta.

Aglutinar un partido político es algo más difícil que rellenar unos autobuses para ir a un acto (también esto es importante). El éxito exige palpar y desarrollar las vivencias y las ilusiones de los militantes, pero también de los votantes y de los que se aspira a que lo sean. ¿Qué es lo que la sociedad vasca espera del PNV? Dar respuesta a esta pregunta ayudará mucho. Durante los últimos años, el PNV ha estado excesivamente encerrado en las manos de los iniciados que entran en Sabin Etxea. Lo que ahora necesita es ampliar su propio mercado natural, dejando de mirar la cesta de votos de los demás.

Los resultados electorales también dicen más cosas. Es cierto que el plan Ibarretxe no ha obtenido la mayoría absoluta, pero la coalición del PNV ha conseguido 463.837 votos, mientras que el plan del PSOE sólo ha alcanzado, como gran resultado, 272.429 votos (ha recogido votos del PP y no parece que hayan funcionado los apoyos colaterales que todos sabemos). Es el propio país el que necesita del PNV. Arana Goiri fundó el PNV, pero pronto trascendió de su fundador. La historia ha sido dura con muchas generaciones y el PNV ha sido la reacción a esta historia de buena parte de la sociedad vasca. De aquí la enorme cuota de legitimación social con que cuenta, incluso entre quienes no se sienten próximos.

Todo esto es lo que el PNV tiene que administrar. Tiene razón Otegi cuando ha dicho que lo que ha cambiado es la sociedad. A ello tiene que estar el PNV.

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