Con el más exquisito de los respetos a las demás opciones políticas en liza, yo me congratulo por la opción ganadora. Y ello, porque, honestamente, entiendo al nacionalismo democrático de la coalición PNV-EA como algo que transciende y desborda al mito, al rito, a la costumbre y a los gestos. Porque creo que ha ganado las elecciones un nacionalismo concreto, tangible y factible, cauto. Abierto y que apuesta por el «quizás». Me alegro por quien ha resultado vencedor, porque dibuja un nacionalismo de mirada larga, paso de buey, impermeable al desaliento y a la descalificación. Audaz y valiente, democráticamente impetuoso, de siembra ética, sereno, consecuente y radical si es menester. Me alegro también, porque creo en un nacionalismo igualitario, justo, reflexivo pero activo, civilizado, fraterno y no artificial, efectivo y afectivo, que no confunde la parte con el todo, ni el uso con el abuso. Celebro los votos de una opción, de un nacionalismo clave, sin armas, sin miedo, en el cual nunca tocarán las campanas a causa de ninguna muerte inducida por idea alguna, ni causa o creencia. Aunque haya bajado en porcentajes, votos y escaños. Victoria electoral que sabe a corta, o a muy corta. Victoria a sopesar, valorar y estudiar, no arrogante, ni triunfalista. Sin desplantes, no belicosa. Sí amable y serena. Tampoco triste, ni amarga. Pero, obviamente, tampoco radiante ni dulce. Habrá que pactar. Pactar, hablar, dialogar, acordar y consensuar.
La mayor adhesión social en las urnas la ha concitado un nacionalismo democrático serio, pero mejorable y perfeccionable. Nunca de ataque ni de expansión, sino de pueblo que decide conscientemente marchar hacia el futuro junto con todos los demás, sin más límites que la voluntad real de su propia ciudadanía expresada libremente en esas mismas urnas. Como esta vez. Urnas que hablan de un compromiso político definido por un nacionalismo moderno, de los ciudadanos, de bienestar para todos, humano y amable. Crítico. Urnas que hablan de nación, civismo y ciudadanía.
Son tiempos de negociar y de futuro compartido, de compromisos responsables que demandarán atemperar la radicalidad que da la legitimidad de toda idea democrática, y acompasamiento y ajuste de los ritmos a los imperativos de la realidad, de los tiempos, de los modos y de las circunstancias. En definitiva, al veredicto de las urnas. Tiempos para asumir con normal naturalidad que el Pueblo Vasco, Euskadi y su ciudadanía, son sujeto de derecho para poder decidir su hoy y su mañana. Y ejecutar políticamente ese derecho. Tiempos de dialogar, decidir y negociar. Las urnas han definido a Euskadi como nación, como realidad que tiene derecho a concreción política, propia y autónoma. Compartida con otros, pero soberana, global pero con identidad propia y con voluntad de futuro. Me alegro por la coalición PNV-EA, porque creo que representa a un nacionalismo fraterno y sin complejos, moderno, de mujeres y hombres, jóvenes o mayores. Aciertos y errores, luces y sombras, logros y fracasos. El objetivo de desplazar políticamente al nacionalismo gobernante es legítimo, pero no fácil. Y no es fácil porque está arraigado, es realidad enraizada en una sociedad que aspira a ser dueña de su futuro en libertad. Y porque para muchos/as significa esperanza, legitimidad y democracia. No es objetivo político fácil porque está contra la imposición y la desesperanza, y porque aunque pequeño, de tamaño, se proyecta en positivo, y lo positivo es lo contrario de lo negativo.
Por un nacionalismo progresista, solidario e inteligente, constructor de nación y sociedad, modulable y robusto, que juega en tableros del futuro. Un nacionalismo presto a seguir haciendo digna a la historia, y legarlo así a quienes nos sucedan. «El mundo no camina hacia la unificación; cada día en él la diversidad se impone, pero camina, sí, hacia la universalidad. Y este es nuestro programa: libres todos, conforme a nuestra manera de ser, pero hermanados con cuantos pueblos de la tierra quieran aportar a la cultura general la suya propia, que quieran aportar al acervo de la Humanidad lo que ellos tengan de más preciado, que en unos casos será la cultura, y en otros es posible que sea la honradez», reflexiones de quien fue el primer lehendakari de Euskadi, vigentes hoy, compartidas por muchos.
Tenemos foto. Gustará más o menos. Pero es la foto vasca. La sociedad vasca ha acudido a las urnas, traducido su voluntad y emitido veredicto: somos y decidiremos. Decidiremos y negociaremos, hablaremos y concertaremos, entre todos los que vivimos y trabajamos aquí, en Euskadi. Corazón y cabeza, sí. Trabajo y suerte, también. «No creemos en una libertad que no comience por afirmar, respetar y defender al individuo en su derecho, en su dignidad, en sus prerrogativas, en su conciencia. Libertad de pensar, de expresarse, de sindicarse, de practicar su religión, de hablar su lengua, de labrar su cultura nacional. No nos alineamos en ningún género de nacionalismo que no empiece por afirmar la existencia del hombre y de sus derechos».
Manuel de Irujo