No fue así, y es el momento en que el Pacto se ha convertido en pretexto político, en arma arrojadiza que PP y PSOE blanden para atacarse o para defenderse, depende de quién y cómo apela a aquel acuerdo.El contexto político de aquella fecha, evidentemente, tenía mucho más de cerco implacable al nacionalismo democrático vasco en vísperas de unas elecciones en la CAV que se esperaban trascendentales en la alternancia, que de unión de voluntades y estrategias para hacer frente al terrorismo de ETA.
De aquellos polvos interesados vienen estos lodos de un Pacto no convocado tras el más grave atentado sufrido en este país, de la ocultación de su autoría por el mero cálculo electoral, de las mutuas acusaciones por incumplimiento y de la convicción para muchos ciudadanos de que se trata de una artificial puesta en escena para compartir la responsabilidad de una merma en las libertades democráticas. Andan los dos firmantes a la greña, el PP pidiendo cuentas por supuestas conversaciones del PSOE con Batasuna conocidas gracias al eficaz espionaje que se despliega a lo largo y a lo ancho del país. El PP pide que se convoque el Pacto para que el PSOE confirme y, de paso, aclare qué hacía un presunto radical islámico afiliado a ese partido.
El PSOE, que no piensa darle el gusto al PP y no convocará el Pacto, le devuelve la pelota y exige aclaración por ese abogado y concejal popular asesorando a algún implicado en el 11-M.El Pacto al que el PP arrastró al PSOE en plena debilidad socialista, y ello a pesar de que fuera el PSOE quien tuvo la iniciativa, fue básico para la más que dudosamente legal Ley de Partidos pero ni ha acabado con el terrorismo, ni evitó que los nacionalistas vascos siguieran en el poder, ni ha servido para que PP y PSOE dejen de utilizar el terrorismo para machacarse.