Reconoció el presidente Zapatero que la retirada de la efigie se ha hecho tarde, después de 30 años de democracia, pero manifestó también su satisfacción por haberse borrado "una de las sombras más negativas del pasado". La realidad es que ese tipo de sombras , todavía, proliferan por toda la geografía española en calles, plazas, puentes, avenidas y monumentos a los caídos de un solo bando, sin que se contemple la voluntad ni la determinación para borrarlas de la vida pública.
Esta ambigüedad tiene su raíz en que la transición de la dictadura a la democracia se hizo sin que nadie -jueces, policías, políticos, funcionarios...- hubiera sido procesado y condenado por tantos años de ignominia. La transición se hizo con un altísimo grado de generosidad, tanta como posibilismo, inmensa generosidad con quienes humillaron a tantos durante tanto tiempo.
Entre quienes ayer se ofendieron por la retirada de la estatua ecuestre de Franco, unos lo hicieron dando la cara, brazo en alto y a sus órdenes, Generalísimo. Esa derecha residual y nostálgica que poco tiene que ver en la actualidad política. Otros protestaron con más disimulo, apelando al respeto a la historia y a no abrir las viejas heridas. A éstos, en realidad, jamás les molestó, jamás les hirió a la vista la impúdica exhibición de las glorias del dictador. Pero sería demasiado descarado, en estos tiempos, reconocer la aflicción por ver descabalgado al Caudillo. Paradójicamente, se niegan a condenar en las instituciones esa dictadura de la que hoy reniegan con la boca pequeña.Las imágenes, los símbolos, tienen una importancia muy relativa. Pero cuando la historia es reciente y aún hay víctimas vivas de aquel oprobio, lo conveniente es borrarlos de la vida pública.