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2005
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Aún estamos a tiempo

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Otsaila 01 | 2005 |
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Txema Urkijo/Maixabel Lasa

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El Diario Vasco


De las muchas consecuencias que cabe extraer del atentado terrorista del 11 de marzo de 2.004, hay una que no se había puesto de manifiesto hasta hace escasos días. Se trata de la ruptura del férreo manto político-mediático que protegía la supuesta unidad de las víctimas del terrorismo. Una unidad solo aparente, forjada desde el pétreo discurso del Gobierno del PP en tiempos en los que el PSOE, presa de sus complejos y sus premuras electorales, no se atrevía a insinuar la más liviana mueca de disenso respecto al dictado de Génova en esta materia. Eran tiempos en los que había que ser kamikaze político para matizar siquiera levemente el discurso sobre las víctimas. Trazo grueso para conformar una pieza básica del puzzle que constituía la política antiterrorista de Aznar, donde la clave era succionar todo el oxígeno del escenario mediático y político para que no pudiera germinar opinión alguna distinta a la suya, so pena de caer en la infamia de atentar contra la dignidad de las víctimas. Imperaba aquella expresión de Mayor Oreja, según el cual «las víctimas siempre tienen razón». Un puñado de personas que habían sufrido el zarpazo del terror cobraron un llamativo protagonismo mediático exteriorizando el citado discurso. Estas personas representaban para cualquier ciudadano medio «la voz de las víctimas», aquélla que había de constituir el faro que orientara la política antiterrorista de un buen demócrata. Nunca las víctimas habían hablado tanto de todo, pues todo afectaba a las víctimas. Así, cualquier discusión se libraba bajo la presencia amenazadora del dogma. Al discrepante se le arrojaba, sin remisión, a la hoguera de la complicidad con los terroristas.

Pues bien, tras el atentado del 11 de marzo, surge una nueva clase de víctima, porque es una nueva clase de terrorismo la que la provoca. Ya no es el terrorismo nacionalista vasco, que permite un discurso sencillo pero contundente sobre la cuestión vasca, sino el terrorismo islamista, el cual proporciona un discurso más escueto, más exiguo en relación a la política española.

La asociación que preside Pilar Manjón irrumpe en el escenario global de las víctimas del terrorismo con la misma inusitada y sorpresiva fuerza con que la propia violencia protagonizada por grupos islamistas radicales lo hace en el panorama del terrorismo en España. Y, claro, de la misma manera que surgen dudas y disensiones sobre el discurso con el que procede hacer frente al nuevo terrorismo y su relación con el «viejo», el «nuestro», estallan también los primeros desacuerdos públicos a la hora de asimilar o adaptar el discurso conocido sobre las víctimas a la nueva especie surgida de los atentados de Atocha. Se acabó la unidad en contenidos.

Este hecho se produce además en una coyuntura nueva. La victoria del PSOE en las elecciones de marzo abre un nuevo espacio al debate político donde el oxígeno vuelve a ocupar su espacio natural para permitir el crecimiento y la exteriorización de ideas, de matices y discrepancias, especialmente en lo que se refiere al problema vasco, que incluye, como es obvio, la problemática de las víctimas causadas por su terrorismo.

En este contexto era cuestión de tiempo que sucediera algo como lo ocurrido el 22 de enero en Madrid. Las víctimas del 11-M manifiestan una problemática diferente a las víctimas de ETA, mostrando el pluralismo que cabe en el discurso sobre esta delicada materia. Pero lo que es más importante, las disensiones entre un tipo y otro de víctimas permiten apreciar que esa realidad plural abarca también al mundo de las víctimas de ETA. No quisiéramos incidir en esta cuestión más de lo estrictamente necesario, por cuanto que puede haber quien se apunte al divide y vencerás, como si las víctimas del terrorismo fueran un enemigo o un obstáculo político, pero baste señalar que existen en España numerosas organizaciones de víctimas del terrorismo con desigual presencia en los medios de comunicación y con reivindicaciones si no contrapuestas sí sensiblemente diferenciadas.

En todo caso, ha quedado al descubierto la falacia sobre la que se asentaba el discurso del Gobierno del PP sobre las víctimas: no existe «la voz de las víctimas», existen «las voces de las víctimas»; diversas en su condición de tales como diversas eran antes de verse afectados por la violencia terrorista.

Creemos que mucha gente sabía que esto era así, aunque antes no tuvieran arrestos suficientes para denunciarlo o, más probablemente, pensaran que la denuncia traería consigo más consecuencias negativas que positivas para el propio colectivo de víctimas. Nosotros, sin ir más lejos, pese a constatar en numerosas ocasiones lo injusto de la manipulación, valoramos en su momento la inconveniencia de su denuncia para no propiciar una división entre las propias víctimas que, lejos de reflejar la riqueza de sus visiones plurales y diversas, constituyera un obstáculo para conseguir el necesario y merecido reconocimiento público de la sociedad vasca hacia ellas. Al mismo tiempo tampoco nos sentíamos cargados de legitimidad suficiente para efectuar esta denuncia si tenemos en cuenta que los propios partidos que sustentan el Gobierno al que pertenecemos no siempre han estado a la altura de las circunstancias en lo que a las víctimas del terrorismo se refiere.

Sin embargo, después de la polémica sobre la manifestación del día 22 en Madrid podemos afirmar que ha caído la última barrera que protegía el axioma dogmático de la época aznarista: las víctimas siempre tienen razón...salvo cuando tengan opiniones diferentes entre sí sobre el mismo tema, porque ya no son una voz sino varias. Así pues admitamos como nueva referencia la idea de que «las víctimas siempre tienen razones».

Ahora entra el aire y uno puede leer y escuchar en los medios de comunicación aquello de la utilización partidista de las víctimas del terrorismo sin que nadie se rasgue las vestiduras Una afirmación realizada por una destacada comentarista política constituye el mejor síntoma de este nuevo clima. Decía que «las víctimas del terrorismo han sido tan utilizadas por unos como ignoradas por otros. Y no se lo merecen». Albricias. Suena duro e injusto en la generalización que conlleva pero suscribimos lo esencial del mensaje en lo que tiene de bienintencionada llamada de atención.

Sentimos una profunda tristeza al constatar que ha tenido que ser un lamentable episodio de terror el detonante del cambio. Un cambio que no va a poner las cosas fáciles a las víctimas porque les va a obligar a debatir mucho entre sí, y a alcanzar acuerdos que no siempre han de resultar sencillos. Sin embargo el resultado final será más auténtico, más sincero, más gratificante para ellas mismas. Al mismo tiempo la exigencia para los poderes públicos se acrecienta.

Ahora ya conocemos cómo es la realidad. Es tiempo de trabajar con responsabilidad sin cebarnos en la denuncia de un hecho lamentable y penoso para el propio colectivo. Es imprescindible que abandonemos todos definitivamente cualquier intento de manipulación partidista, es momento de excluir su problemática de la polémica mediática, de la búsqueda de amplios consensos. Se imponen la prudencia y la sensatez políticas que permitan trabajar de forma intensa por un reconocimiento social público y digno del papel de las víctimas del terrorismo, que no olvide tampoco su dimensión política, que no partidista.

Nuestra mayor preocupación ha sido siempre la de poner a las víctimas a salvo de la en no pocas ocasiones ruin y mezquina trifulca partidista, demandando que no se utilice su problemática como arma arrojadiza entre los partidos. Curiosamente este desideratum ha sido compartido en todo momento por la totalidad de los partidos políticos vascos, llegando incluso a ser plasmado en aquélla ya lejana Proposición no de Ley que, para mejorar la situación de las víctimas del terrorismo, aprobó el Parlamento Vasco en junio de 2.003.

Sin embargo, en los últimos tiempos los partidos han demostrado su incapacidad para alcanzar un acuerdo final comprensivo de las medidas definitivas que atiendan las justas reivindicaciones de los colectivos de víctimas y contribuyan a suturar heridas que aún sangran en nuestra sociedad. Un acuerdo que permita colocar a las víctimas en el importante lugar que se merecen, como protagonistas activos de un ojalá cada vez más cercano proceso de paz en nuestra sociedad.

En febrero será el Pleno del Parlamento el escenario en el cual demostrarán los grupos políticos su responsabilidad en esta cuestión. Allí veremos si las palabras pronunciadas por Pilar Manjón en la Comisión del 11-M calaron realmente en nuestros políticos o solo fue un suave sirimiri que se secó sin dejar rastro. Comprobaremos si realmente la nueva visión sobre las víctimas del terrorismo como un colectivo plural representado por asociaciones diversas es aceptada y asumida por nuestros representantes de manera que todo el mundo esté a la altura de lo que se espera de ellos. De unos que dejen de utilizar a las víctimas y de otros que dejen de ignorarlas. Nadie tiene disculpa para el desencuentro.

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