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La importancia de poner el reloj en hora

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Urtarrila 30 | 2005 |
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Joseba Arruti

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Deia


El desencuentro que, respecto al marco de convivencia, padece Euskadi al menos desde 1998 ha venido marcado por la falta de compás de los tiempos políticos de unos y de otros. Tras la experiencia de Lizarra-Garazi, que pudo tener sus luces pero desde luego también adoleció de sombras, la distancia entre nacionalistas y no nacionalistas se ensanchó progresivamente sin remedio aparente. De ese modo, las elecciones autonómicas del 13 de mayo de 2001 se convirtieron en un auténtico choque de trenes en el que descarrilaron los vagones constitucionalistas.

El 11 de julio de aquel año, Juan José Ibarretxe leyó ante el Parlamento vasco un discurso de investidura en el que se comprometió a abordar «el debate democrático sobre las legítimas opciones de actualización y adaptación del pacto estatutario vigente». El 28 de setiembre, durante el pleno de "pacificación, normalización política y diálogo", el lehendakari abundó en la necesidad de abrir «un nuevo tiempo político basado en el diálogo democrático».

 

El 25 de octubre, en la sesión parlamentaria que analizó la situación del marco de autogobierno, el mandatario vasco denunció que el Estatuto de Gernika había quedado «desdibujado» y planteó la necesidad de «encontrar mecanismos sobre los que articular un nuevo consenso político». Un año más tarde, en el pleno de política general de 2002, Ibarretxe ya trazaba el perfil del proyecto de su Gobierno al mostrarse favorable a «un nuevo estatus de libre asociación con el Estado español para una nueva etapa», que se concretaría el 25 de octubre del siguiente año. Entretanto, socialistas y "populares" se mantuvieron al margen de este debate para centrarse en una defensa cerrada de lo que suponía la práctica inmutabilidad del pacto estatutario de 1979. El PSE-EE, por ejemplo, reiteró una y otra vez su compromiso con la Constitución y con el Estatuto y se negó en todo momento a aceptar cambio alguno en el marco jurídico-político.

 

La sustitución de Nicolás Redondo Terreros por Patxi López varió el panorama, aunque muy lentamente, hasta que la campaña de "Más Estatuto" dio paso, hace pocos meses, al proyecto de reforma conocido como Plan Guevara. Para cuando estos movimientos han ido concretándose, el tripartito ya tenía ultimado el proyecto de Nuevo Estatuto Político que fue aprobado el 30 de diciembre en el Parlamento vasco. Tampoco Batasuna ha demostrado demasiado dinamismo político a lo largo de la legislatura. Durante todo este período, esta formación se mantuvo callada ante los 15 asesinatos de ETA en 2001, los 5 de 2002 y los 3 de 2003. Sólo alzó la voz para acusar a diestro y siniestro, a unos por su supuesta tibieza y a los otros por gestionar lo que denominan "represión".

 

Cuando la propuesta del Gobierno vasco ha establecido una dinámica imposible de obviar, la izquierda abertzale también se ha visto obligada a mover ficha. Para que el diálogo entre los partidos sea posible y dé frutos, resultará imprescindible que todos acepten la necesidad de dar pasos. A partir de ahí, se impone la necesidad de acompasar todas las voluntades, incluidas las de los más rezagados, hasta hacer viable la definitiva normalización de Euskadi.

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