No puede negarse, sin embargo, que el tiempo no corre en vano y que las circunstancias actuales sitúan en parámetros más probables la realidad de movimientos presentidos que, como dientes de sierra, tuvieron un comienzo y una azarosa continuación. Circunstancias claves en este momento son la sorpresiva aprobación del Plan Ibarretxe, la proximidad de las elecciones vascas con Batasuna ilegalizada, la probablemente reducida capacidad militar de ETA, las alianzas del Gobierno en minoría del PSOE, la modificación en marcha del Estatuto catalán y, sobre todo, lo que pueda haber detrás de los públicos emplazamientos de la izquierda abertzale en la propuesta de Anoeta y en la carta al presidente del Gobierno. A toda esta acumulación de circunstancias, como siempre, habrá que añadir el íntimo y ferviente deseo que toda la sociedad, la vasca y la del resto del Estado, tiene de que se acabe esta zozobra de una vez.
Pero no hay que confundir los deseos con la realidad. Simplemente, hay que estar atentos a los datos objetivos y por el momento nada permite asegurar la inminencia de una tregua de ETA y un paralelo y definitivo proceso de negociación.
Si, como sería lógico, en este momento se estuvieran dando los pasos necesarios hacia el final pactado de la violencia, de todas las violencias, es señal de una inmensa frivolidad especular con lo que no se conoce, o husmear en intimidades políticas, o poner palos en las ruedas, o anticipar posibilidades.
Si entre quienes deben y pueden se está trabajando hacia la solución del conflicto, lo que periodistas, analistas y portavoces políticos deberían hacer es dejarles trabajar y no entorpecer un proceso extremadamente delicado que cualquier indiscreción haría saltar por los aires.