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¿Adiós a Gibraltar?

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Urtarrila 17 | 2005 |
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El Correo


El nacionalismo vasco ha pasado décadas contribuyendo a la idea europea, y ello en momentos en que Europa como ente político era una mera entelequia en la mente de algunos visionarios. Aquéllos eran tiempos diferentes en los que políticamente era más fácil optar por una Europa basada en unos Estados desunidos y enfrentados soportada sobre la idea de la inmutable soberanía absoluta de los mismos que por una futura Europa unida como organización común supraestatal. Organización que también en el plano político-institucional fuera recabando poderes y absorbiendo parte de la soberanía de los Estados hasta llegar incluso a que su ordenamiento estuviera por encima del de éstos. Hoy ni tan siquiera hay posibilidades de elección. La Europa unida avanza, se quiera o no. No hay otra alternativa y unos y otros debemos hacer política teniendo en cuenta esa realidad. Es cierto que Europa hoy por hoy la constituyen los Estados y no podría ser de otra manera en el estadio de integración actual. Es cierto que la Unión no reconoce a las naciones sin Estado en el texto pero ¿es que hoy por hoy se podía esperar más? La pregunta que debemos hacernos es doble. En primer lugar, ¿impide el texto llamado constitucional la aprobación o desarrollo del Nuevo Estatuto Político Vasco? En segundo lugar, ¿fosiliza las fronteras actuales de los Estados impidiendo la posibilidad de constituirse en el futuro como un país soberano en Europa?

A ambas suele responderse afirmativamente por el PP y hasta por el presidente Rodríguez Zapatero. En este sentido el propio Mariano Rajoy y muchos tertulianos citan machaconamente el artículo I-4. Dicho artículo fue en su origen una propuesta del PP de Aznar que vio a posteriori cómo le enmendaban la plana los constituyentes europeos. La propuesta del PP utilizaba el término garantizará´, pero este vocablo fue transformado y diluido en su redacción final en un ´respetará´ que ni de lejos tiene el mismo alcance. En concreto el manoseado párrafo, supuesto «freno de veleidades secesionistas», reza así: «La Unión ( ) respetará las funciones esenciales del Estado, especialmente las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional». En efecto, Europa tradicionalmente no se ha inmiscuido en asuntos de organización interna de un Estado miembro, con lo que se reafirma en esa postura, pero por esa misma neutralidad no puede ´garantizar´ la inmutabilidad de la organización institucional interna o las fronteras exteriores de un Estado. Y ello es así porque un acuerdo alcanzado por ese Estado internamente o entre varios miembros de la UE podría alterar esas circunstancias. Dicho de otra manera más visual, y respondiendo a la segunda pregunta sobre si las fronteras son inmutables, ¿es que alguien piensa que la Constitución europea impide la aplicación de los acuerdos sobre Irlanda del Norte en los que se contempla incluso la posibilidad de que en un futuro el Ulster pudiera incorporarse a Eire? ¿Han podido caer en esa contradicción los gobiernos del Reino Unido y de Irlanda? Y, más cerca de nosotros, ¿es que España renuncia a su pretensión territorial sobre Gibraltar con la aprobación de la Constitución europea? Va a resultar que Rajoy y Zapatero están renunciando a la parte más reclamada de la sagrada tierra española con su sí constitucional. Si esto fuera así los tertulianos del régimen deberían estar acusándoles a estas alturas, según los parámetros que utilizan, de un delito de lesa patria.

 

Y en cuanto a la primera pregunta, además de las razones expresadas en el párrafo anterior, es evidente que el plano en el que se desenvuelve el proyecto de Nuevo Estatuto Político es el de la negociación y acuerdo con el Estado español, llegándose a una nueva estructuración de las relaciones Euskadi-España dentro del marco del propio Estado, por lo que el propio articulo I-4 viene a sostener la postura del plan Ibarretxe al afirmar que «la Unión respetará ( ) las estructuras fundamentales políticas y constitucionales (de los Estados) también en lo referente a la autonomía local y regional». El obstáculo a un acuerdo no sería por lo tanto Europa, sino la eventual falta de voluntad del propio Estado español para buscar encaje constitucional a los deseos mayoritarios de la sociedad vasca.

Por otra parte, el Estado debería reflexionar acerca de que no vale todo para rechazar la voluntad de las minorías según el texto europeo. En efecto, la protección a las minorías está contemplada como valor fundamental en el artículo I-2, de tal manera que su trasgresión o «el riesgo claro de violación grave de los valores en él enunciados» podría suponer la llamada al orden por parte de los poderes europeos suspendiendo en sus derechos como miembro de la Unión al propio Estado, a tenor de lo establecido en el artículo I-59.

 

En fin, que la cosa no debe de estar tan clara cuando algún comentarista político, a diferencia de los líderes de los dos grandes partidos, incluso ha querido ver en la Constitución europea la consagración del derecho de autodeterminación de manera encubierta, tal y como lo hace Enrique Gil Calvo en su columna del lunes día 11 de enero en el diario ´El País´, señalando en concreto el artículo I-60.

En cualquier caso, la palabra ´constitución´ produce sarpullido entre el electorado nacionalista vasco. No es de extrañar viendo la experiencia que hemos tenido con casi dos siglos de constituciones que supusieron el cercenamiento paulatino de las libertades institucionales vascas. Sin embargo, hacer paralelismos con la Constitución española es un sinsentido. La ´pretendida´ Constitución europea es más un tratado entre Estados que una constitución como tal. Y ello no sólo ha sido reseñado por prestigiosos catedráticos sino que la palabra ´tratado´ fue utilizada con profusión en los discursos políticos en la Cámara de los Diputados con motivo de la autorización para la convocatoria del referéndum.

También produce recelo entre el electorado nacionalista que PP y PSOE lo apoyen cuando desde ambos partidos se niega en ocasiones hasta la propia existencia de los vascos como pueblo. Pero seguramente el que el PNV dé el sí al texto europeo le produce aún más desazón al PP-PSOE. ¿Qué más quisieran que ver al lehendakari proponiendo un ´no´ a la Constitución europea para señalarlo como prueba falsamente evidente de que la construcción europea impide el proyecto de Nuevo Estatuto! El PP pinta en el Parlamento europeo una situación en Euskadi de persecución étnica y le encanta compararla con los Balcanes. Para su desgracia, la realidad no es ésa. En este país, ni el nacionalismo es etnicista, ni es antieuropeo, ni las instituciones vascas atropellan los derechos de nadie.

 

Si despejamos los recelos semánticos y la Constitución no cierra puertas al futuro en principio, ¿es el nuevo texto mejor que lo que teníamos hasta ahora? ¿Es mejor que Maastricht o Amsterdam o mejor que la adorada Niza de Aznar? El texto no colma las aspiraciones de casi nadie, aunque tampoco casi nadie lo rechace en su totalidad y ciertamente es poco ambicioso acerca del proyecto institucional europeo para lo que muchos desearíamos, escaso en lo social y destila aún el pesado lastre de los nacionalismos de Estado. Pero es preferible a Niza. Europa se refuerza y los Estados están un poco más supeditados a ella. Ninguna puerta queda cerrada. ¿O es que en Madrid piensan ahora que Gibraltar no es España?

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