Desde que el Gobierno presidido por Aznar abrió la veda, los últimos años de la pasada legislatura fueron un rosario de andanadas contra el nacionalismo vasco que, con razón o sin ella, fue pasto de columnistas, opinadores y políticos situando a esa ideología política en las lindes de lo democráticamente soportable.
Especialmente vulnerable a las críticas y denuestos fue la decisión del presidente del Parlamento Vasco, Juan Mª Atutxa, y los miembros de
Mentiras, insultos y brutales acusaciones contra Atutxa y sus compañeros han venido siendo proferidas en ámbitos institucionales y mediáticos con la naturalidad y el desparpajo de lo políticamente correcto.
Ahora, el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco ha decidido archivar la querella interpuesta por la fiscalía general y el colectivo Manos Limpias porque la orden del Supremo supuso “la vulneración de derechos fundamentales” de SA y ni Atutxa ni
No es posible olvidar ahora que, en ese mismo impulso político, el Parlamento navarro se apresuró a renunciar a su soberanía, a tragarse su dignidad, para modificar lo que hiciera falta, para seguir la corriente entonces imperante y cumplir vergonzantemente la voluntad del Gobierno del PP disolviendo el grupo de SA. En Navarra, al parecer, no podían consentirse delincuentes como Atutxa.