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2004
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ASI MURIO SASETA

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Abendua 17 | 2004 |
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Peru Ajuria

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Deia


Peru Ajuria

El pasado domingo, en el batzoki de Hondarribi, se recordó en nacimiento en esta localidad de Cándido Saseta quien fuera el jefe del Ejército vasco. Toda una personalidad hoy desconocida que se trata de recordar pues no en vano rindió armas en la Casa de Juntas el 7 de octubre de 1936 a José Antonio de Aguirre recién elegido lehendakari y murió en Areces (Asturias) como consecuencia de una acción militar en este territorio. Al poco un batallón vasco tomó el nombre de Saseta, estando mandado por los guipuzcoanos Plazaola, Amunarriz y Salegi.

El lehendakari Aguirre en el Congreso Mundial Vasco en París en 1956 lo recordó de esta manera: «En estos momentos todavía había ánimos para ayudar a Asturias mandando tropas expedicionarias vascas, y nunca olvidaré aquellos batallones voluntarios, nacionalistas vascos, que para evitarme a mí un conflicto, porque muchas de estas cosas se conocían, la Junta del Partido Nacionalista Vasco dijo. ‘‘Aquí estamos de voluntarios para marchar a Asturias’’. Y Saseta, que vino a ofrecerse: ‘‘A sus órdenes, para donde usted me envíe’’. Y Allí fue y allí cayó. En su memoria permitidme que diga que entre los militares que nos rodeaban éste era un hombre en quien yo tenía la máxima confianza por su absoluta lealtad, no solamente a lo que nosotros representábamos, sino a la tierra de sus padres. Este hombre, con su sacrificio, quiso prestar un servicio, y así fue grande. Yo no lo olvidaré jamás».


No vamos a hacer ahora la apología de Saseta. Para los vascos es suficientemente conocido. Sólo se trata de fijar un recuerdo a la memoria del héroe y del gran patriota. Es ahora, precisamente en estos días, cuando se ha cumplido cien años de su nacimiento el 12 de diciembre. Triste suceso fue su muerte ocurrida en tierra asturiana el 23 de febrero de 1937, en circunstancias terriblemente trágicas para los vascos que se enfrentaron a la rebelión franquista.


Murió precisamente en el puesto de honor. Allá en la vanguardia, junto a sus gudaris, en el lugar que los altos jefes pueden sortear. Cayó como cayeron doscientos noventa vascos anónimos, figuras del pueblo, idealistas por antonomasia, defensores del espíritu de justicia que en todo momento corresponde a los humanos.


Primero la tradición. Después la muerte. Saseta, la Brigada a él encomendada, tenía que atacar. Era la carretera de Grado el único paso que abría el sitio de Oviedo. Es por ella por donde se abastecían las fuerzas de Franco. Por ella también por donde podría salvarse el ejército rebelde en caso de producirse el asalto definitivo a la capital.


Dos batallones vascos al ataque.Un puente entre ellos y el enemigo. Pero el puente extendido sobre el Nalón fue derribado en la noche por manos falangistas.


El ataque resultaba poco menos que imposible de realizar. El enemigo dominaba desde las alturas el angosto paso que horas después habría de ser escenario de un trágico suceso. Ya había comenzado la ofensiva en los demás sectores. Hasta los gudaris llegaba el ruido sordo de los cañones lejanos y de las bombas de mano. Fue entonces cuando Saseta, acallando los punzantes dictados de su conciencia, imponiéndose en él el orgulloso sentido de la vergüenza, a punto de caer en estúpido entredicho, ordenó a sus muchachos, tras serena arenga, que cruzaran el Nalón.


Nadie se opuso a los deseos del jefe admirado. Y, bajo el despiadado fuego de las ametralladoras enemigas, sus muchachos iniciaron el ataque, dejando en cada viaje de la maltrecha barca buen número de compañeros inmolados en su sacrificio estéril y brutal. Cayó Premoño, primero, Areces, después. El objetivo de los vascos estaba cubierto. De imposible realización fueron los dos flancos a otros encomendados. Esto es lo justo. Y en aquella noche fatal, cuando los esfuerzos se imponían, y el descanso también, a las agotadas fuerzas vascas, venidas a defender el mismo ideal en la áspera jornada, pero no en la tierra propia, los gudaris de ‘‘Euzko Indarra’’ y los del ‘‘Amayur’’ volvieron a mezclarse en combate furibundo, largo, interminable, con las mehalas marroquíes, empujadas por sus mandos a punta de látigo.
Fue al día siguiente de esta noche triste para los vascos cuando cayó para siempre el heroico jefe. Triste, desilusionado, anodado por el paso del desastre, acudía allí junto a sus hombres, donde no existía la traición, a infundirles el coraje por la fatiga y la decepción que comenzaba a minar.
Dejó de ser el comandante para convertirse en el último gudari, ya solo un batallón. Se adentro en los parapetos cargado de bombas de mano. No hacían falta órdenes.Y así lo hicieron. Cayeron uno tras otro, muchos, muchísimos, demasiado jóvenes pletóricos de vida y energías. Allí quedó Saseta también como el último gudari que él quiso ser..... siendo sus últimas palabras: ‘‘aurrera, aurrera’’.


Loor al gran nacionalista y mejor soldado. Loor a todos los muertos de Areces, el pueblecito rústico y humilde un día profanado en su quietud pacífica y serena por la inquietud y la ambición de otros hombres, más fieras que hombres. Loor a la causa vasca que en gesto de solidaridad fue a Asturias a defender la causa republicana a costa de la vida del jefe del Ejército vasco.
Desgraciadamente en el centenario de su nacimiento el Gobierno vasco no se ha acordado de quien fuera jefe de su ejército. Sin lugar a dudas, de haber vivido el lehendakari Aguirre, esto no se hubiera producido pero la ignorancia actual de la historia no exime a los actuales responsables del recuerdo de un hombre que dio su vida por Euzkadi.

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